<BGSOUND SRC="musica.mid" LOOP="INFINITE"> TE VOY A CONTAR

 

TE  VOY A CONTAR     

   LIBRO: PRIMERO.   

 

LA DAMA FORTUNA DEL CABALLERO.

 

Escrito por: IRMA GPE. VELA MEZA.

 

   CAPÍTULO XIX.

 

RUMBO A MÉXICO.

 

Mientras andábamos por Veracruz, Francisco y Celia siguieron planeando su viaje.

También otra persona seguía afinando su próxima fechoría.  Bueno, la trastada de Julito ya está lista, es tremenda.   ¿Quieren saberla?:

A Julito sólo le quedaba uno de sus secuaces, el otro había sido puesto fuera de la circulación, es decir; se encontraba preso por borracho y pendenciero.   Al mismo Julito todavía se le buscaba por el atentado contra Francisco, como permanecía oculto en su casa no le pudieron arrestar.

Una noche se reunió con Pánfilo, este fue aquel que dejara a la pobre de Celia encadenada en la cueva.   Bueno decíamos que se reunió con él y disfrazados al igual que aquella vez, se dirigieron a la casa de Francisco.

Pasaban de las doce de la noche y todos dormían profundamente.   Julito y Pánfilo saltaron la tapia del jardín, una vez dentro, rociaron con petróleo todo el pórtico.   Pretendían prenderle fuego.   Cuando se disponían a hacerlo, una enorme figura se irguió a sus espaldas, los dos infames lanzaron un grito de terror que hizo despertar a los habitantes de la casa; Francisco, Celia y una sirvienta, se asomaron para ver que ocurría en el jardín.   Asombrados vieron que Marcos tenía en cada mano, suspendidos en el aire, levantados por el cuello de sus chaquetas, a Pánfilo y a Julito, los cuales parecían títeres en manos del gigante.

Francisco salió al encuentro de Marcos y se percató de las malas intenciones de Julito:

-Ajá, con que pretendías pegar candela a mi casa.   ¿No te basta lo que me hiciste en tu hacienda?.

-Yo, yo no iba a hacerlo, es una bromita.   Balbuceó Julito.

Celia se reunió con su esposo y en seguida identificó a Pánfilo.

-¡Dios mío!.   Ese es uno  de los hombres que me robaron.

-¿Estás segura Celita?.   ¿En qué te fundas para afirmarlo?.   Preguntó Francisco y Celia se mantuvo en lo dicho.

-Sé que es él, por su olor, su complexión, con los ojos cerrados lo podría identificar, si eso no bastara, mira chico, por si fuera poco, trae la misma ropa mugrosa de aquel día y viene pintado igual que los hombres que me raptaron.

Francisco frunció el entrecejo, con ojos inquisidores miró a Pánfilo, el hombre atemorizado dijo:

-También era una bromita, nosotros no pretendíamos hacerle daño alguno.   ¿Verdad don Julito?.

Julito, no contestó porque los ojos de Francisco se fijaron en él, dándose cuenta del enojo del caballero Mesa, sintió tal miedo, que se quedó sin habla.   Al ver que ninguno de los dos maldosos se atrevían a refutar las afirmaciones de su esposa, él les dijo:

-Les entregaremos a los guardianes del orden, serán juzgados por todas sus fechorías, pero antes… ¿Saben una cosa?.   A mi también me gustan las bromas.  Marcos, llévalos a tu casa, me reuniré contigo en cuanto me vista.

Los hombres se pusieron a temblar.   Poco faltó para que se ensuciaran en sus ropas.   Marcos condujo a los aterrados prisioneros hacia su casa.

La dama, preocupada al ver la actitud de su esposo, le preguntó:

-Francisco… ¿Que has pensado hacer con ellos?.

-No te preocupes querida, no les haré daño, mañana los entregaré a las autoridades. Esta noche Marcos y yo nos vamos a divertir a costillas de éllos.   Duerme tranquila y no te desveles por mí.

La metió en la cama, la arropó, le dió un amoroso  beso y salió a todo correr rumbo a casa del gigante.

Francisco podía perdonarles lo que le hicieron a él, jamás les pasaría por alto lo hecho a Celia, élla era intocable.   De ahí su enojo, cuando se enteró que éllos eran los agresores de su "mamirriqui".

Marcos ya no vivía con Francisco, este último le había regalado una modesta pero cómoda vivienda junto a la de él.   Ahí llevaron a cabo su bromita y a la mañana siguiente, toda la ciudad se enteró de ello.

Marcos y Francisco, desnudaron a sus prisioneros y les pusieron brea y plumas, desde la cabeza previamente rapada hasta los tobillos, respetándoles el pecho y sus partes nobles.   Pánfilo confesó todos los raptos anteriores al de Celia, Marcos y Francisco se sorprendieron mucho, sabían que Julito era cruel, jamás se hubieran imaginado que estuviera tan loco para cometer tales crímenes.

Condujeron a los emplumados por las calles de la ciudad hacia la comisaría.   Francisco les colgó un cartel al cuello en el cual se podían leer todas sus fechorías.   En el camino se les fueron uniendo mucha gente que con gran algarabía celebraban la captura de tales pillos.

Así fue como Julito Martínez, después de un juicio justo, fue condenado a  cadena perpetua.   Su padre no quiso volver a saber nada de él y lo abandonó a su suerte.

Posteriormente al juicio, Francisco y Celia partieron de la Habana con rumbo a México.

Doña Eva y don Hernando acudieron al muelle para despedirlos.

-Mamá no llores, sólo estaremos ausentes unos cuantos días.

-Es que nunca nos hemos separado.

-No se preocupen suegros,  la voy a cuidar muy bien.

-De eso no tenemos la menor duda hijo, es solamente, que nos gana la tristeza.

-Bueno, don Hernando, doña Eva, tenemos que abordar, les repito; todo estará bien.

Diciendo esto, separó a Celia  de sus padres y rodeando la cintura de su esposa con su fuerte brazo, se encaminó con élla hacia el barco que empezaba a soltar amarras.

En unos cuantos segundos, el barco terminó de soltar amarras, levó ancla y emprendió la marcha.   Los jóvenes permanecieron en la cubierta agitando sus pañuelos para despedirse de los que se quedaban en tierra.   Celia contempló a sus padres hasta que fueron un diminuto punto que se perdió en el horizonte.

Llorando, se volteó hacia su marido y abrazándolo hundió el rostro en su pecho.   La envolvió entre sus brazos y le preguntó:

-¿Qué tienes?.

-Es que los voy a extrañar.   ¡Nunca nos hemos separado!.

-Bueno chica, no te pongas así, siempre hay una primera vez.   Además, estamos juntos, eso es lo que tú querías o… ¿No?.   Tendrás que acostumbrarte, debemos realizar muchos viajes porque las fincas que nos heredó mi tío, serán donadas para convertirlas en hospicios.   Nosotros debemos ir personalmente a efectuar las donaciones.

-Si chico, sé que debemos viajar mucho, pero entiéndeme, jamás he salido de mi Isla, es la primera vez que viajo y me separo de mis padres.

-Te entiendo, tendrás que acostumbrarte porque como te dije, de ahora en adelante viajaremos mucho.   Verás todos los lugares que vas a conocer.

Ven, vamos a entrar al puente de mando, el sol te puede hacer daño.   ¿No estás mareada?.

-Nó, no estoy mareada, al contrario,me gusta este vaivén, parece como si el mar nos arrullara suavemente.

-Mañana, arribaremos en nuestro destino.   Iremos primero a Progreso, luego nos trasladaremos a Mérida, en esta ciudad, tengo que entrevistarme con unos caballeros para cerrar un convenio de exportación de maderas, cacao, henequén y pieles.   Después nos adentraremos en el Golfo y atracaremos en Veracruz.

Por la tarde, el capitán del barco se aproximó a Francisco para informarle que todo marchaba a la perfección y que atracarían en unas quince horas en su destino.

            Antes de la puesta del sol, pudieron distinguir la Isla de Cozumel.

-Mira Celita, estamos llegando, esa es la Isla de Cozumel.

Anterior a la llegada de  los españoles, estas tierras pertenecían a los Mayas, siempre me ha llamado la atención los misterios que se cuentan en torno a sus ciudades.   Algún día, las recorreremos juntos, tengo un amigo arqueólogo que me ha hablado mucho de ellas.   Realizaremos una expedición por esos sitios indómitos, a lomo de caballo o de mula, abriendo brecha a punta de machete, durmiendo bajo las estrellas y la luna, bueno, también bajo una carpa si llueve.   Cuando nuestro hijo esté en edad de venir con nosotros, nos lo traeremos a esta aventura.

Celia recostó la cabeza en el brazo de su esposo y le preguntó:

-¿Conoces relatos sobre sus creencias misteriosas?

-Tuve una experiencia personal.   ¿Quieres que te la cuente mientras llegamos?.

-Ven Francisco, vamos a sentarnos de frente a la proa mientras me la cuentas.

Una vez instalados cómodamente en unos equipales que se encontraban en una terraza sobre la cubierta de proa, Francisco empezó su relato:

-Resulta que me encontrába en el puerto de Veracruz, fui al campo donde iba a hacerse una siembra. Era un terreno cercano a unas pirámides.   Caía la noche y estaba en compañía de un anciano que me encontré por el camino.   Nos guarecimos en una cueva de piedra caliza para protegernos de una fuerte lluvia.   Bajamos usando una soga y una estaca que estaba hincada en el piso de la entrada de la cueva.

-¿Qué hacías en ese lugar?.

-Recuerda que te conté que a la muerte de mi padre, me hice marinero, esto lo viví hace algunos años, fuí al campo porque trataba de cerciorarme de lo que afirmaban algunos viejos marinos, ellos contaban una fantasía.

-¿Cuál era esa leyenda¿   ¿Porqué fuiste al campo?.   No me lo has dicho.

-Quería ver a esos seres misteriosos que según la leyenda habitaban en los cuyos (montículos de ruinas) y sementeras, llamados Chaneques.

No quería ir solo, mis compañeros decidieron quedarse a beber en una taberna, entonces no tuve alternativa y marché solito en busca de “los Chaneques”.   Como te dije, por el camino me encontré al ancianito, La noche avanzaba, no dejaba de llover, por eso nos metimos en esa cueva. De pronto, él tomó la Palabra y me dijo:

-Puede que no logre esta milpa que voy a sembrar.

-¿Por qué no ha de lograrla?. Pregunté, a lo que él respondió:

-Porque estos terrenos son de los Chaneques.   Siempre se les ve por acá.

Al escuchar esto me llené de entusiasmo, quería ver si realmente existían.   Le pregunté:

-¿Está seguro que esta noche vendrán?

-Seguro, me respondió.   Me entusiasmé aún más y le dije:

-¡Cuántos deseos tengo de ver a esos seres maravillosos que tanta influencia ejercen sobre ustedes! Dígame, señor, ¿les ha visto?.   Él respondió en voz baja:

-Por supuesto que sí.   Yo también bajé el volumen de mi voz y seguí preguntándole:

-Explíqueme. ¿Cómo son?. ¿Qué hacen?.

El viejo, asumiendo un aire de importancia, me dijo:

-Por las noches, cuando todos duermen, ellos dejan sus escondites y recorren los campos; son seres de baja estatura, como niños pequeños, muy pequeñitos, que suben, bajan, tiran piedras,hacen maldades, se roban el fuego y molestan con sus pisadas, risas y juegos.   Ocasionalmente, sacan a los críos de sus cunas para jugar con ellos.   Cuando el humano despierta y trata de salir, ellos se

alejan, unas veces por pares, otras en tropel.

 Si el fuego es vivo y chispea, ellos le forman rueda y bailan en su derredor; un pequeño ruido les hace huir y esconderse, para salir luego y alborotar más. No son seres malos.   Si se les trata bien, corresponden.   Le interrumpí para preguntar:

-¿Qué beneficio hacen?.   Él me respondió:

-Alejan los malos vientos y persiguen las plagas.   Si se les trata mal, tratan mal, y la milpa no da nada, pues por las noches roban la semilla que se esparce de día, si no hacen esto, bailan sobre los nuevos brotes de los sembradíos, pisándolos, hasta que los marchitan.   En las casas, cambian las cosas de lugar, las esconden y luego, cuando nos cansamos de buscarlas, nos las devuelven.   Por acá se les quiere bien y les regalamos con comida y cigarrillos.   Hagamos silencio, para que salgan, si seguimos hablando éllos no vendrán.   Espero que usted logre verlos.

El hombre salió de la cueva, asiéndose a la cuerda, detrás de él, salí yo.   Había dejado de llover, el cielo estaba despejado, las estrellas y la luna, brillaban en el firmamento.   Vi que avivaba el fuego y colocaba una jicarita de miel, licor de caña, cigarrillos, juguetes; todo esto, lo puso sobre un petate.   Luego volvimos a la cueva. Yo me acurruqué en el fondo cómodamente.   Como ya te dije, la noche era espléndida, noche plenilunar.

-Francisco… ¿No te dio miedo?

-Nó, en ese momento no sentía miedo porque realmente yo no creía que fuera a suceder nada.   Transcurridas unas horas, casi a la media noche, cuando empezaba a llegarme el sueño, escuché un ruido que me sobresaltó.   Era el rumor de unos pasitos sobre la tierra de la cueva: Luego, ruido de pedradas, carreras, saltos, que en el silencio de la noche se hacían más claros y fuertes.  Ssentí escalofríos, me incrusté en la pared de la cueva, un sudor frío me empapó la ropa, mientras el viejo me miraba con una sonrisa burlona.

-¿Eso sí te dió miedo?.

-Déjame contarte, Cuando me incorporé para salir de la cueva, el hombre se desapareció ante mis propios ojos.

Emprendí tal carrera que no me detuve hasta llegar al muelle, en donde abordé de inmediato el barco.   Encerrado en mi camarote, me dí cuenta de que me había hecho en los

pantalones , a causa del susto.

Las risas de Celia y Francisco, fueron interrumpidas por el grumete que informó que la cena estaba por servirse.   Acudieron al comedor y cenaron en compañía del capitán, del médico y del licenciado.   La sobremesa no se prolongó y en breve, dormían a pierna suelta en el camarote.   Despertaron al tañir de una campana que llamaba a todos a desayunar.   Apenas les dio tiempo de hacerlo, porque el buque ya entraba en el puerto.

Bajaron a tierra, una calesa los esperaba para transportarlos a Mérida, irían a las oficinas de una de las navieras que antes fueran de don Fernando y ahora era de ellos.   El licenciado Zamudio los acompañaba, conocía a todos los empleados de las oficinas que su tío tenía repartidas por el mundo, Francisco y Celia, como ya sabemos, tendrían que realizar muchos otros viajes, para que todos conocieran a los nuevos propietarios de la naviera.

El recorrido por tierra no tuvo contratiempos, pronto llegaron a su destino final.

El licenciado hizo la presentación de los nuevos dueños, después los agasajaron con una suculenta comida en la cual se sirvió cochinita pibil, venado, ensalada de lechuga, rábano, tomate y pepinos; hubo salbutes, cebollas moradas curtidas con chile verde.   De beber les ofrecieron horchata de arroz con flor de calabaza, cerveza Montejo, anís endulzado con miel de abeja, etc.   Durante la comida se habló de proyectos de negocios, unos músicos y unos danzantes realizaban una Vaquería, entonando bombas yucatecas.  que decían:

-Anoche fuí a tu casa

y me ladraron los perros

quise coger una piedra

y que me embarro los dedos.

¡Bomba!.

Tus ojos son dos luceros,

tu boca es de coral,

fuiste bajada del cielo,

por un Ángel celestial.

¡Bomba!.

Celia estuvo muy atenta, sobre todo en lo que se refería a los negocios, aunque no intervino directamente.   Solo hablaba cuando Francisco, ante la admiración de todos le pedía su opinión.   Esta actitud del caballero, fué mal vista por algunas personas, debido a que las mujeres no debían intervenir en las pláticas de negocios.   Las opiniones de la dama fueron acertadas y su esposo, no hizo caso de las críticas.   Por lo contrario, se sintió muy orgulloso de élla y procuró que interviniera más.

Mientras esto ocurría, parte de las mercancías del barco eran descargadas para sustituirlas por otras.

El crepúsculo anunció que terminaba la tarde, el licenciado les ofreció mostrarles la ciudad.   Poco fue lo que pudieron admirar de las bellas construcciones hechas de cantera blanca,  porque esa misma noche zarparían con rumbo a Veracruz.

-Te prometo que volveremos para conocer mejor esta ciudad.

-Creo que ha de tener muchos lugares interesantes.

-¿Sabes que es lo que más me atrae de aquí Celita?

-¿Su comida?.   Ví que comiste mucho, creo que exageraste.   Ten cuidado, estás subiendo de peso.

-Bueno sí, he subido un poco, me gusta su comida al igual que lo que tú cocinas, es muy rica; pero lo que quisiera, es lo que te dije en el barco; me gustaría que visitáramos las ciudades de sus antiguos pobladores, los Mayas.

-¿Son esas construcciones que llaman pirámides?.

-Dicen que son colosales, en especial una que hicieron para un Dios llamado Kukulcán.

Con la ilusión de regresar se despidieron de la ciudad, retornando al puerto de Progreso donde los aguardaba el barco.

Antes de zarpar, Francisco aconsejado por el capitán y por el licenciado, le dio una grata sorpresa a Celia.   Llevó al barco unos músicos para que le cantaran, uno de ellos improvisaba versos que decían mas o menos así:

-Cantar quiero mis versos

a la mujer amada

cubriéndola de besos

pies, manos y cara.

¡Bomba!

-Una vez éramos novios

ahora somos esposos

si de novio ya te amaba

cuanto más hoy que ya te gozo.

¡Bomba!.

Este atrevido verso hizo que el rubor subiera a las mejillas de Celia, Francisco alentó a los músicos para que cantaran otros versos.

Los intérpretes se marcharon, el barco zarpó.   Los esposos continuaron un rato en la cubierta contemplando las lucecitas de la ciudad y después admirando las estrellas del firmamento.

-Mira amor, que hermosa está la noche.   Le dijo Francisco mientras paseaban abrazados por la cubierta.

-Pareciera que todas las estrellas se hubieran puesto de acuerdo para hacer esta noche mas romántica.   Le respondió élla, juntando más su cuerpo al de él.

Se dieron un beso, luego quedaron en silencio mirando el cielo.   Después de unos momentos Celia dijo:

-Creo que es hora de ir a dormir.   Estoy cansada.   ¿Tú no lo estás?.

-¿A dormir?.   No estoy cansado.

-¿Quieres hacer otra cosa?.

-Podríamos bailar.   ¿Te gustaría?.

-¿Con qué música?.   Aquí nadie es músico, o qué… ¿Te has traído alguno de los trovadores yucatecos?.

-De haber podido, lo hubiera hecho para darte gusto.   No importa que no haya músicos, de cualquier modo podemos bailar con la música de nuestro corazón.

Diciendo esto, Francisco la tomó en posición de baile empezando a cantar una dulce melodía.   Celia también la cantó hasta el final.   Al terminar la canción Francisco dijo:

-Ahora sí, mi mamirriqui, vamos a descansar.

A la mañana siguiente, cuando despertaron el navío se disponía a entrar en el  puerto de Veracruz.   El capitán esperaba las indicaciones  del guardia marina, que se encontraba abordo del remolcador que conduciría el "San Fernando" al muelle destinado.   A la entrada del puerto, se extendía un arrecife llamado “La Blanquilla”, peligroso para los navegantes porque quien no lo conoce, corre el riesgo de encallar.

Mientras se hacían las maniobras, Celia y Francisco se levantaron rápidamente, se bañaron, se vistieron con ropas sencillas pero elegantes y subieron a cubierta para esperar el desembarco.

Jorge ya los aguardaba en tierra, al ver a su amigo, agitó con gran alegría su sombrero que portaba en la mano derecha, en señal de saludo.   Francisco se lo devolvió.

Una vez en tierra, los amigos se saludaron efusivamente, Francisco presentó a su esposa, el caballero besó la mano de la dama con respeto.  Jorge se opuso a que sus amigos se instalaran en una posada y les ofreció su casa, haciendo trasladar el equipaje en otro carro diferente al que ellos usarían.   Como los viajeros aún no habían desayunado, los invitó a desayunar en un restaurante llamado “La Parroquia Del Portal”, dicho lugar se ubicaba en pleno centro de la ciudad,sobre la calle Principal , frente a la iglesia del Sagrario y a unos cien metros del Palacio Municipal.

El restaurante estaba muy concurrido, mientras se desayunaban unas ricas gordas de frijoles y picadas de salsa verde, acompañadas por un lechero, unos músicos amenizaban al son de una marimba.

Porfirio se reunió con Jorge y los recién llegados.   Jorge los presentó y al momento, Porfirio se prendó de Celia.    Al parecer, fue amor a primera vista.   Como el caballero era muy inexpresivo, logró disimular su arrobamiento y nadie lo notó.

Después del desayuno, Jorge los condujo a su residencia para que revisaran el equipaje y se instalaran.   Mientras Celia ayudada por una fámula se hacía cargo de abrir los baúles, Jorge, Porfirio y Francisco, hablaban de negocios.

Al medio día todos se dirigieron a la casona de los Rojo a comer.   Porfirio hizo las presentaciones de costumbre y pronto Irene y Celia, compartían una mutua afinidad.

Doña Marianita, sin un motivo que justificara su actitud, sintió un rechazo involuntario hacia Celia, no lo mostró, impuso los buenos modales a sus sentimientos.

Por la tarde, el licenciado Zamudio se unió a los jóvenes para afinar los detalles del proyecto de una agencia aduanal.

Jorge ya contaba con el edificio y el mobiliario, Porfirio y Francisco aportarían una parte del capital.   Entre suculentas tazas de café y masafinas, cerraron el trato verbalmente.   Luego irían ante el notario para hacerlo oficial.

Por la noche fueron al teatro para ver una obra llamada “Don Juan Tenorio”, puesta en escena, en unos días se celebraría el “Día de los Muertos”.   [Ceremonia de gran tradición en México].

Se quedaron de ver a la entrada del teatro, debido a que no cabían todos en un solo carruaje, ya que las damas alegaron que sus vestidos se arrugarían si iban muy juntos.

Los Rojo fueron los últimos en llegar.   Jorge se apresuró a recibirlos y ofreciendo su brazo a Irene, se dirigió al vestíbulo del teatro “Principal”, seguido por Porfirio y su madre.   Cuando el joven Rojo contempló a Celia, se turbó tanto que estuvo a punto de delatarse.

Conversaron un rato en el vestíbulo,  al escuchar la segunda llamada, todos pasaron a ocupar su asiento en el palco.   Al frente, se sentaron, Jorge, Irene, Celia y Francisco.   Atrás se acomodaron doña Mariana y su hijo.

Durante toda la función, Porfirio no quitó sus ojos de la figura de Celia, esto no pasó inadvertido para su madre.   Quien se decía para sus adentros:

-Ay hijo mío, tu tan prudente, tan ecuánime, ¡Te has enamorado de una mujer prohibida!   ¿Dónde están tu prudencia y ecuanimidad?   ¡Dios mío, libra a mi hijo de este sentimiento!

Su madre trataba de hacerle conversación pero el joven respondía con monosílabos y volvía a extasiarse en Celia.

-Que hermosa es, que dulce es su mirada, que melodiosa es su voz, que angelical es su sonrisa, cómo no tuve la fortuna de haberla conocido antes.   La hubiera amado con todos mis sentidos.   Ahora debo apartar de mí este amor que puede ser mi perdición.

Así lo hizo.   Los  días siguientes trató de evitar a Celia, procurando no permanecer por mucho tiempo en los lugares donde ella estaba presente.   Esto era muy difícil, pues se veían todos los días debido a que siempre acompañaba a su esposo y cuando no lo hacía, permanecía en compañía de Irene.

Porfirio languidecía de amor, no tenía cabeza para los negocios, pasaba mucho tiempo encerrado en la biblioteca o en su oficina.   Se sentía acosado por la presencia de Jorge y sus amigos.

Tres días estuvo así.   Hasta que una mañana su madre con gran decisión le dijo:

-Dime.   ¿Qué piensas hacer?   No puedes seguir así.   No comes, no duermes, no atiendes tus asuntos.   ¿Qué pretendes?

-No lo sé madre, es como una enfermedad que se me ha metido en las venas.

-Esa mujer está casada, ama profundamente a su esposo, por si fuera poco, espera un hijo.   No  puedes pretender que te corresponda.

-Estoy seguro que eso jamás ocurrirá, porque nunca le revelaré mi amor.   Sería ofenderte a ti, sería ofenderla a ella, sería traicionar la amistad de Jorge y de Francisco, que es un hombre bueno.   ¿Sabes lo que pretende?   Quiere construir por todo el mundo hospicios y asilos para los desamparados.

-Entonces, hijo.   ¿Qué vas a hacer?.

-Voy a ocultar este sentimiento en lo más profundo de mi corazón y sobreponerme a él.

-Hijo, en el corazón no se manda.   Tal vez, si tú trataras a otras muchachas, te olvidarías de ésta.

-Yo sé que no será así.

-Hay muchas jóvenes casaderas entre nuestras amistades, está por ejemplo Teresita que es un estuche de monerías, además es una de las mejores amigas de tu hermana;   también están las Carvajal, Petrita y Simona Lara, en fin, tu eres buen partido, tienes buena estampa, cualquier dama de nuestra sociedad estaría dichosa de tenerte como pretendiente.

 -Mira mamá, te prometo cambiar mi actitud pero te suplico que no me empieces a meter por los ojos ninguna de esas muchachas vanas y mimadas.   No quieras ejercer conmigo tus dotes de casamentera.

Porfirio hizo una mueca a modo de sonrisa, dio un beso a su madre y se retiró antes de que ella pudiera articular sonido alguno.

El joven cumplió su palabra y haciendo uso de una enorme fuerza de voluntad, cambió su actitud.   Guardó su amor prohibido en lo más recóndito del corazón y enfrentó a Celia, comportándose ante élla igual que si fuera su propia hermana.

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