<BGSOUND SRC="musica.mid" LOOP="INFINITE"> TE VOY A CONTAR

 

TE  VOY A CONTAR     

   LIBRO: PRIMERO.    

 

LA DAMA FORTUNA DEL CABALLERO.

 

Escrito por: IRMA GPE. VELA MEZA.

 

 

CAPÍTULO II

 

LA TRAICIÓN Y EL CASTIGO.

 

En altamar, Aurelio trabajaba con ahinco para ganar méritos y olvidar lo hecho a su amigo. Inmerso en el trabajo su cerebro solo tenía capacidad para pensar en el futuro y pronto olvidó por completo los remordimientos, si es que alguna vez los tuvo.

Durante la travesía del viaje hizo nuevos amigos que siempre le reconocían su porte elegante y su refinada educación. El capitán de la nave le invitaba todas las noches a sentarse junto a él a la hora de la cena, le gustaba mucho compartir la plática con Aurelio, porque el joven mostraba tener un nivel cultural por encima del resto de la tripulación.

 

Esto hizo que algunos marineros empezaran a sentir envidia y se propusieron darle un escarmiento para bajarle los humos.

 

Aurelio nunca se dio cuenta de ello, seguía siendo amable y cordial con todos.

Al cabo de un par de días pudo divisar las costas Veracruzanas, su alegría fue tan grande que  contagió a la tripulación del “San Miguel”. Decidieron que al desembarcar, lo primero que harían sería ir a una taberna  para festejar todos juntos y así lo hicieron.

 

Esto fue el momento esperado por los envidiosos para llevar a cabo su plan. En la taberna todos se pusieron de acuerdo. Junto con el tabernero y una voluptuosa mujer, hicieron beber al joven más de la cuenta hasta que estuvo en estado de ebriedad.  La mujer lo condujo a uno de los cuartos de la taberna incitándolo a que pasara la noche con ella. Todos le animaron y él fue conducido como manso cordero, en cuanto puso la cabeza en la almohada quedó profundamente dormido. Esto bastó para que sus fingidos amigos se aprovecharan, lo despojaran de su dinero y de una carta de gran importancia para  Aurelio, ya que era la dirección de su protector don Froilán en este País.

 

El botín fue repartido equitativamente, los marineros desaparecieron abandonándolo en ese lugar.

 

Al despertar, se dio cuenta de que su dinero había desaparecido.    Se encontraba tan miserable como cuando salió de su tierra natal, España.

 

Después de reñir con la mujer del lecho, se vistió y salió en busca del dueño de la cantina para reclamarle su dinero pero lo único que obtuvo por respuesta fue una tremenda paliza que lo puso en un estado deplorable a mitad de la calle.

 

Así pues,  se dio cuenta de que había sido víctima de un engaño, lamentó su situación:

 

-Aaaaaaah  bien dice el dicho... ¡No hagas a otros lo que no quieras que te hagan a ti! Y también... ¡Con la vara que mides serás medido!

Se decía todo esto mientras recordaba la mala jugada que le había hecho a Francisco.

 

En eso pasó junto a él una persona que compadeciéndose del joven se le aproximó para ayudarle. Era un hombre de piel negra, llevaba consigo una especie de pequeña guitarra, llamada jarana por estos lugares.

 

-Mire nomás caballero, como le han puesto. Permítame ayudarle a llegar a su vivienda.

 

Aurelio hizo un esfuerzo para responder:

 

-No soy de esta tierra, anoche desembarqué, he sido asaltado o mejor dicho robado.

Le refirió de inmediato al negrito lo ocurrido.   Este último ofreció llevarle a un lugar donde le atenderían sus heridas y Aurelio lo aceptó. Así poco a poco el negrito dirigió sus pasos hacia el convento de Franciscanos más cercano. Ahí lo entregó al cuidado de los frailes, se despidió de Aurelio.   El joven le quedó muy agradecido y  cuando se hubo marchado el negrito, Aurelio se identificó como migrante de la “Gran Madre España”, los frailes lo acogieron con gran cariño, ya que muchos provenían de la misma patria.

 

Le prodigaron los cuidados  que él requería, lo ayudaron para restablecer su fortuna procurándole un humilde trabajo en la carpintería de un vecino del convento.

El dueño de la carpintería se llamaba Vicente, era un hombre bueno, que si pecaba de algo sería por honrado y trabajador.   El carpintero acogió con gusto al joven Aurelio y lo nombró su ayudante.   No podía darle un salario fijo, pues el trabajo aunque era abundante, no estaba bien remunerado. Por lo menos no le faltaría casa y comida, ya que le permitiría dormir en la misma carpintería.

Por algún tiempo estuvo conforme, su espíritu aventurero pronto comenzó a inquietarse y sus anhelos de enriquecerse lo indujeron a ir forjando en su mente nuevos planes.

 

Se hizo buen amigo del Negrito que lo ayudara con tanta solicitud cuando lo golpearon.   Este era un Poeta originario de Almolonga, radicaba en el puerto en un barrio llamado “La Huaca”, un hombre muy simpático e ingenioso, Aurelio disfrutaba mucho de sus ocurrencias.

 

 

El negrito poeta era muy dado para componer versos, de ahí su apodo aunque su verdadero nombre era José Vasconcelos y él mismo decía:

 

-Aunque soy de raza conga yo no he nacido africano, soy de nación mexicano y nacido en Almolonga.

 

Aurelio le pidió que le hiciera unos versos para requerir de amores a una dama y al pronto el negrito poeta le hizo los siguientes :

 

“El corazón se te alegra

siempre que encuentras a Aurelio;

yo también mucho me alegro,

mi alma ¿Quieres ser mi Reina?”

 

Si la dama no cediera a estos versos seguían otros que decían:

 

“Arrastrando las cadenas

del iracundo cupido

con cuya flecha me ha herido

sin dar descanso a mis penas

yo caigo a tus pies rendido.”

 

En una ocasión, Aurelio le preguntó:

 

-¿De donde sacas tu inspiración? Acaso ¿Estás enamorado de alguna pícara y ella no te corresponde?

 

-Ay caballero, desgraciadamente no todos corremos con la misma suerte de usted, habemos  quienes amamos y no somos bien correspondidos.  Déjeme usted decirle.

 

Y el negrito poeta acompañado por la jarana echó otros versos vertidos desde el fondo de su corazón:

 

-“Por un objeto adorado

ardo de amor en la hoguera

y ella no escucha mi llanto

y ella no me consuela.”

 

-¡Vamos chico! Si que te tiene arrobado la dama en cuestión.

 

-Así es don Aurelio, que le vamos a hacer, ella no me corresponde en amor y yo terco como soy, no dejo de requerir su favor.

 

-No te preocupes negrito, tal vez te pueda ayudar, dime… ¿Quien es la mochuela?.  Veré de hablarle muy bien de tí, de este modo creo que ella no podrá esquivar un amor tan rendido como el que le ofreces.

 

-¿De verdad su merced haría eso por este pobre negro?

-Si te lo estoy ofreciendo es porque así lo haré.

 

-Pues verá usted caballero se trata de la Dorotea.

 

-Mira nada mas. ¿La hija de Antonio el mulato?

 

-Así es caballero.

 

-Pues no tienes mal gusto, es la mulata mas hermosa que hay en el puerto.

 

- Ya ve usted, en el corazón no se manda y mi corazón se ha empeñado en ser de ella, yo no tengo más autoridad sobre él.

 

-Te prometo dar inicio a mis planes mañana mismo. Mientras tanto ráscale a la jarana y entona otros versos. Entonces el negrito poeta prosiguió:

 

-Esto va dedicado a nuestro gobernante:

“Ay  estimado Porfirio, advierte que ese carruaje sobre ejes de oro jira.

Es el carro de la muerte Que te condena a la pira.”

 

Nota. Porfirio Díaz, era el presidente aludido y el negrito criticaba en sus versos el derroche y la opulencia de su persona

 

-Si supieras escribir, cuanto más no harías negro. Le decía Aurelio y el negro contestaba:

 

-“El que nació para burro

no es otra cosa por cierto,

yo dormido mas discurro

que vos estando despierto.”

 

Al escuchar estos versos Aurelio lejos de ofenderse lanzó sonoras carcajadas y lo alentó a seguir.

 

Entrada la noche, Aurelio se despidió del negrito volviendo a repetirle que haría todo lo posible porque Dorotea fijase mas la atención en su persona, el simpático poeta se lo volvió a agradecer.

 

Dejemos por ahora México y volvamos a Cuba para enterarnos que le ocurre a nuestro amigo Francisco Mesa.

 

 

 

 

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