<BGSOUND SRC="musica.mid" LOOP="INFINITE"> TE VOY A CONTAR

 

TE  VOY A CONTAR     

   LIBRO: PRIMERO.   

 

LA DAMA FORTUNA DEL CABALLERO.

 

Escrito por: IRMA GPE. VELA MEZA.

 

   CAPÍTULO XXI.

 

DOS CABALLEROS, UNA DAMA, UN ADIÓS.

 

Para despedir a sus amigos, Irene junto con Jorge y Porfirio, organizaron un baile.   Aprovecharían este evento para hacer público el compromiso del caballero Hermida Gutiérrez, con la señorita Rojo Prado.

Si alguien era buena para organizar fiestas, esa era doña Mariana.   El esplendor de sus eventos sociales, tenía fama.   Irene acudió a su madre y ella con gusto tomó en sus manos la organización de tan improvisado baile.

-Irene, ustedes los jóvenes no dan importancia a la solemnidad del asunto.    ¿Creen que la organización de un baile de compromiso es solamente “enchílame la gorda” y ya está?.

¿Pretenden que en tres días tenga todo listo?.   Las participaciones, no llegarán a tiempo.   Será imposible estrenar vestido, la costurera no lo hará en tan poco tiempo.   Piénsenlo bien, si nos precipitamos en la organización, nuestras amistades pueden creer que son otros los motivos que nos impulsan a hacerlo, podrían empezar a murmurar de la reputación de mi hija y eso no lo voy a tolerar.

-Madre, tienes razón -dijo Porfirio - para evitar esas murmuraciones, anunciaremos que el compromiso matrimonial, se llevará a efecto después de 20 meses de noviazgo.   ¿Te parece bien?.

-Es una buena idea, aún así, me ponen en un apuro con respecto a los otros detalles de la fiesta.

-Mamacita, sé que tú eres capaz de hacerlo.   Dijo Irene y Porfirio acabó por convencerla:

-Si hay alguien que puede hacerlo, esa eres tú, mamá.   Estoy seguro de que lo harás y que será el mejor baile al que la sociedad veracruzana haya asistido.

-No me endulces las  orejas, que no lo necesito.   Lo haré como un reto y ya verán, vamos a echar la casa por la ventana.

Doña Marianita puso manos a la obra y en tres días el suntuoso salón de los Rojo se abrió para recibir a las familias más distinguidas de la ciudad.

Los invitados fueron puntuales, todos gustavan de ir a las reuniones sociales en casa de los Rojo, porque como ya hemos dicho, eran las mejores.

Las mesas lucían diversos platillos de la cocina internacional, salmón aumado, camarones en salsa tártara, medallones de filete de cerdo en salsa de ciruela, crema de almejas, de morrón, ensaladas de diversos vegetales, champán, ponche, vinos italianos, alemanes y franceses; en fin, también estaban los postres, los canapés de anchoas y caviar, etc, etc.

Después de la cena, Porfirio anunció el compromiso de su hermana y Jorge.       Se iniciaron los valses y el primer vals lo abrieron los novios.  Luego Porfirio bailó con su hermana, por último todos los invitados se unieron a la danza.

Mientras Francisco bailaba con su esposa, el licenciado Zamudio le hizo una seña, deseaba presentarles al Cónsul Británico.   Los esposos se aproximaron para presentar sus respetos, hablaban bien el idioma del representante inglés,el cónsul interesado por los negocios de Francisco acaparó al caballero.

Francisco al  ver que Celia deseaba bailar y que él estaba ocupado con el británico, llamó a Porfirio, que en ese momento  no tenía pareja, le pidió que bailara con su mujer.   Se iniciaba el vals de Juventino Rosas llamado “Sobre las Olas”, era uno de los preferidos de Celia y se dejó llevar como si flotara entre las olas del mar.   A pesar de la sobriedad de carácter, Porfirio era un excelente bailarín.   Desplazaba a su pareja por todo el salón como si ambos estuvieran en una esfera de ensueño.

Tenía sus ojos clavados en los de élla y sin necesidad de palabras, le transmitió toda su pasión.

Celia, pensó que ese sentimiento era causado por la música y la danza, jamás se imaginó que fuera por élla.

Cuando doña Mariana los vió, casi se infarta, logró dominarse para que nadie notara su preocupación.

-Dios mío, Porfirio se ha vuelto loco.   ¿Cómo se atreve a bailar con esa mujer?.   Es verdad que he tenido oportunidad de conocer mejor a esa joven, ciertamente es honrada y virtuosa.    Aún así, esto es peligroso ya lo dice el dicho. . .”El hombre es fuego, la mujer estopa, viene el diablo y sopla, sopla, sopla”.

Afortunadamente para doña Mariana, el vals terminó y Celia acalorada tomó asiento junto a élla para refrescarse.   Doña Mariana aprovechó esta oportunidad para no separarse de los jóvenes, impidiendo que Porfirio hablara a solas con Celia e interviniendo en la plática cada vez que lo consideraba necesario.

A pesar de esto, Celia pasó una velada inolvidable, disfrutando sus últimas horas en el puerto, ya que a la mañana siguiente emprenderían su viaje de regreso a Cuba.

Con más equipaje del que traían, los Mesa se despidieron de sus anfitriones prometiendo volver para la boda.

Celia estaba tan agotada que decidió, contra su costumbre, recostarse a media mañana para descansar.

Francisco se encontraba con don Octavio, el Licenciado Zamudio y el capitán en el puente de mando.   De repente el capitán miró hacia el horizonte y frunció la nariz.

-¿Sucede algo, capitán?.   Inquirió Francisco.

-Nos aproximamos a una tormenta.

-¿No la podríamos rodear?.

-Haremos lo posible.   El capitán no quiso informar al caballero de que la provición de carbón se había reducido para dar cabida a mayor tonelaje de carga, él había tomado esa decisión pensando que les haría buen tiempo en la travesía.

Una fuerte sacudida despertó a Celia, incorporose en el lecho, se sujetó con ambas manos de la cabecera de la cama.   El viento mecía el barco, las olas lo levantaban, los rayos parecían quererlo destruir, los truenos lo hacían vibrar y estremecer.   Francisco entró precipitadamente en el camarote.

-¡Rápido, cúbrete con mi saco y ven conmigo!.

-¿Qué sucede?.

-Es una terrible tormenta, el capitán trató de esquivarla, como puedes ver, no pudo hacerlo.   Estamos dentro de ella.

-¿Quieres decir que podemos naufragar?.

-Estoy seguro de que el barco resistirá, solamente quiero llevarte a la cubierta porque no es conveniente que permanezcas aquí abajo.

-¿Estás seguro que no hay peligro?.   ¿Me lo prometes?.

Francisco no respondió, la envolvió en su saco y rodeándola con un brazo se encaminó con élla hacia la cubierta.   Se sujetaba de todo lo que podía para no caer, el barco era sacudido por la tormenta cada vez con mas violencia.   A los ensordecedores truenos se unió los rugidos del viento y el mar, el primero, furioso, levantaba olas que arrastraban consigo todo lo que había sobre la cubierta del barco.   Un hombre cayó al mar, Celia y Francisco contemplaron profundamente conmovidos como era tragado por las aguas.

Francisco tenía a Celia contra la pared en un especie de nicho, la protegía con su cuerpo y se sujetaba con todas sus fuerzas de una escala de fierro que estaba empotrada en la misma pared.  Tenían las ropas mojadas y Celia temblaba por el frío y por los nervios.   Escucharon que el capitán daba órdenes, vieron como los marinos las ponían en práctica de inmediato, empuñando hachas para arrancar puertas y todo lo que pudiera servir de combustible para alimentar las calderas.   ¡El carbón se acababa!.   Si las máquinas se detenían, quedarían a merced del viento y las olas, que seguramente hundirían el barco.

Celia rezaba en silencio, mientras todo esto sucedía en su derredor.

Gracias a la destreza del capitán, pudieron salir con bien, cuando la tormenta quedó atrás, el médico atendió a los marineros que se habían herido, todos presentaban lesiones leves, solamente hubo un fracturado, se trataba del Licenciado Zamudio que en un acto heróico había salvado al grumete de caer por la borda.

Después hicieron una pausa y el capitán ofreció un responsorio por el marino ahogado.

Cuarenta horas después de haber zarpado, con gran alegría divisaron las costas cubanas.

-¡Mira Francisco!.   Ya se ve la Isla.

-Hogar, dulce hogar.   Pronto verás a tus padres.   ¿No te da gusto?.

-Eso me llena de alegría, cuando estábamos en la tormenta pensé que nunca los volveríamos a ver.

-Yo te prometí que no te pasaría nada.   ¿Dudas de mis palabras?.

-Tú, estabas tan pálido como la cera.   Tenías tanto miedo como yo.

-Tienes razón, pero no temía por mí, temía por tí.

-Eso ya lo sé, estabas aterrado por mí y por tu hijo.   Mira, ya se me nota más.

Francisco puso una mano sobre el vientre de su mujer diciendo:

-Hijito, estate tranquilo que aquí está tu padre para cuidar de tí y de tu madre.

Celia, se alzó sobre las puntas de sus pies y echándole los brazos al cuello se le colgó para darle un beso.

Joselito vió el barco cuando se aproximaba para entrar en el puerto, corrió hacia la posada gritando.

-¡Don Hernando, doña Eva!.   ¡Ya vienen, ya vienen!.

Don Hernando asustado por el grito, soltó un tarro que se estrelló contra el piso.

-¡Condenado muchacho!.   ¡Mira nada más lo que provocas con tus gritos!.   ¿Quién viene?.

-La señorita Celia y don Francisco.

-¡Eva, Eva!.   ¿Ya escuchaste?.   La nena ha llegado.

-Si querido, la nena y su esposo, han regrezado.

-¿Qué haces ahí parada?.   ¿Por qué no le ordenas a Lorenzo que enganche las mulas?.

-Anda chico vamos, entre todos lo haremos más rápido.

Engancharon las mulitas a la carreta y llegaron a tiempo de ver a su hija y a su yerno desembarcando.

-¡Hijos, aquí estamos!.   Gritó doña Eva y al momento los jóvenes se encaminaron hacia ellos.

La bienvenida fue muy efusiva, don Hernando se empeñó en que fueran primero a la posada para refrescarse, beber una limonada y platicar sobre el viaje.

Los jóvenes aceptaron de buen grado.   Celia había separado todos los regalos que traía en un baúl, hizo que lo pusieran en la carreta de sus padres para abrirlo en la posada y empezar a repartirlos.

Todos quedaron complacidos con los presentes que Francisco y Celia repartieron.   Ningún empleado de la posada fue pasado por alto.   A don Hernando le trajeron unas mancuernillas de plata con la figura de un águila, una caja con diez botellas de Tequila, diez litros de pulque, una silla de montar con todos sus accesorios.  Doña Eva recibió un medallón de oro con la imagen de la Virgen de Guadalupe, un rebozo típico, variados aretes de oro, plata, jade, ámbar.   Después de comer, se procuraron de víveres , se despidieron y partieron rumbo a su casa.

Francisco había mandado a traer su propio carruaje, así que el recorrido fue mas rápido ya que este era tirado por dos espléndidos caballos.

Cuando llegaron a su casa vieron con gusto que Marcos había sembrado nuevas flores en el jardín, se veía hermosa la casita del amor con sus nuevas flores.   Marcos también recibió sus regalos con grandes muestras de aprecio por parte de los Mesa.

Los días pasaron, los meses también.   Todo marchaba viento en popa, los negocios prometían grandes ingresos, la mansión de los Martínez ya era una casa para huérfanos, el orfanato de Mérida se había inaugurado, el acilo de ancianos de Veracruz también estaba funsionando.   Una cuenta bancaria en Suiza, guardaba el fideicomiso que patrocinaría las becas, a los huérfanos que tuvieran capacidad para realizar estudios superiores.   Lo único que Francisco tomó para sí de la herencia del tío, fueron los séis barcos, pensaba dedicarse al transporte marítimo mercantil.   Para ello había fundado la sociedad "Hermida-Rojo y Mesa.S.A.de C.V".   En cuanto naciera el nene emprenderían un nuevo viaje para asistir a la boda de Jorge e Irene, luego irían a Europa para conocer las otras oficinas de la naviera.

-Mira Francisco, según este papelito que nos dio don Octavio, nuestro hijo nacerá contando a partir de mañana, en el curso de diez días.

-Pasado mañana es mi cumpleaños.   ¿Por qué no me lo das de regalo?.

-No seas guanajo, los nenes nacen cuando tienen que nacer.

-Pues que se apure, su pobre madre tiene que dormir sentada porque casi no la deja respirar, además si no fuera porque todas las noches te doy masaje en los pies, los tendrías hinchados como tamales mexicanos, he notado que cada ves te mueves con mayor dificultad.   Pobrecita, te debe pesar mucho.

Celia suspiró profundamente y dijo:

-Lo llevo con gusto, tú, hablas con él y lo mimas a través de mi vientre, pero yo lo tengo dentro de mí, se nutre de mí, siento como se mueve, como va creciendo, le hablo con el pensamiento, eso me llena de dicha; entonces, la fatiga, el cansancio, no importan.

 -¿Has pensado que será?.   ¿Será un niño o una niña?.

-Yo creo que va ha ser un niño y que se parecerá a su papá.

-Yo prefiero una niña, se llamará Celia como tú.

-Nene o nena, los vamos a querer mucho.   Su papá será el mejor padre del mundo.

-Voy a ser muy estricto, lo educaré con mano firme.

-Vas a ser un pan de azúcar, ya lo voy a ver.

 Así platicando, se quedaron dormidos y como a eso de las tres de la mañana, Celia sintió el primer dolor de parto.   Se incorporó gimiendo y despertó a su esposo para que fuera por la partera, avisara también a doña Eva y al médico.

-¡Francisco!. . .¡Francisco!. . .¡Despierta que ya viene!.

-¿Quién, cómo, cuándo, dónde, porqué?.  

-¡Nuestro hijo!.   ¡El nene!.

-¿Qué hora es?.

-¡Ay, ay, ay, que importa la hora!   ¡Busca a Carmelita, a mi mamá, a don Octavio!.   Por favor, date prisa.

-¿El nene ya viene?.   ¡Ya viene nuestro hijo!.

 De un brinco, se puso de pie sobre la cama para luego bajarse rápidamente y meterse los pantalones.

-Ya voy, ya voy, quédate aquí no te vayas.   Yo voy, luego vuelvo, yo traigo, tú tranquila.

-Estoy tranquila, te aseguro que no pienso irme a ninguna parte.  

En eso le vino otro fuerte dolor, se contuvo para no poner más nervioso a su esposo, se llevó las manos al vientre y lo apuró.

-Anda chico, vete ya, no te pongas a encender ningún habano.   Date prisa.

Francisco fue corriendo a despertar a Marcos para que fuera por doña Eva y la partera, no se atrevía a dejar sola a Celia.

Cada vez que le venía un dolor a su esposa, Francisco se sentía morir.   El trabajo de parto había empezado y Marcos no volvía con la partera.   En el momento en que doña Carmelita entraba en la recámara a Celia se le rompía la fuente.

-Ya estoy aquí niña, tu madre viene conmigo, tranquila, usted caballero, salga de este cuarto.

-Nó, yo no me voy.

-Chico, tú, sólo vas a estorbar, esto es cosa de mujeres.   Volvió a decirle la partera.

-Que no me voy, no voy a dejarla ahora que me necesita.

-¿Quieres que se quede?.   Le preguntó Carmelita a Celia y la dama respondió.

-Dejen de discutir, ¡aaaaaaaaaaaaaaaaay!.   ¡Hagan lo que sea!.   ¡Pero quíteme este dolor!.

Doña Eva entró en la habitación con una palangana, cuando vió a Francisco preguntó.

-¿Qué haces tú aquí?.

-Señoras, esta es mi casa, esta es mi mujer y el que va a nacer es mi hijo.   No me moveré de este cuarto pase lo que pase.   Así que empiecen con lo que tienen que hacer.

-Ignorémoslo, tu hija ya está por parir.

Las mujeres acomodaron a la joven en posición de parto, le arremangáron el camisón por arriba de la cintura, la partera le abrió las piernas y vió con desagrado que la criatura venía mal acomodada.   Los dolores iban en aumento.

-Tu chico, no te quedes ahí parado.   Ya que no te quisiste salir, sirve de algo.   Ayuda a Eva, sujeta a tu mujer, que no cierre las piernas, el niño se ha volteado.

-¿Eso que significa?.   ¿Acaso no da igual?.

-Mira chico, la cabeza debe salir primero, si no se lo acomodo, tu hijo se puede estrangular con el cordón umbilical.

-¡Por favor, me duele mucho, quiero que ya termine esto!.   Gritó Celia.

La partera con habilidad introdujo su mano en el conducto vaginal y volteó al nene.   Luego, dirigiéndose a la parturienta le dijo:

-Puja hija, puja, más fuerte, más, una vez más, ya salió la cabeza, uno más.

¡Aquí está!.

Con el último esfuerzo Celia lanzó un grito desgarrador.

La partera cortó el cordón y exclamó.

-¡Es un niño!.

Francisco se desmayó a un lado de su esposa, nadie le hizo caso.   Carmelita limpió al nene.

Doña Eva lo depositó sobre el vientre de su hija.

Después volvió a levantar a su nieto y lo arropó para presentárselo a su papá.

-Mira nene, ese señor con cara de tonto es tu papá, la que está a su lado es tu mamá.

El nene tenía sus ojos cerrados y lloraba a todo pulmón.   Doña Eva colocó al niño en los brazos de Francisco y encaminándolo hacia la puerta lo sacó de la habitación.   Después aseó a su hija y cuando salió del cuarto Celia ya dormía.

Don Hernando tenía a su nieto en brazos, prácticamente se lo había arrebatado a su yerno.

-¿Verdad que es bello?.   Le preguntó a su esposa.

-Ay chico, es hermoso porque es nuestro nieto.   Así arrugadito, rojo, con esos tres pelitos de púas, así y todo, es bello.

Cuando Francisco se repuso de la impresión del parto, entró nuevamente a la habitación.   Su mujer se encontraba amamantando al nene, al verlo le dijo.

-Aquí tienes tu regalo de cumpleaños.   ¿Estás contento?.

-Estoy feliz, tú y mi hijito son mi dicha.

-La “Dama Fortuna” te sigue sonriendo.

-Siempre me va a sonreír, la fortuna es ser feliz con lo que se posee, es disfrutar la vida a cada instante, es amar y ser amado.

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