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TE VOY A CONTAR.

 

LA DAMA, FORTUNA DEL CABALLERO.

 

LIBRO II.

 

Escrito por: Irma Gpe. Vela Meza.

 

Julio 2004

 

CAPÍTULO I.

 

LA FAMILIA VA DE VIAJE.

 

Se encontraba en el pórtico leyendo cuando su madre le dijo:

 

-Paquito, háblale a tus hermanos, diles que se laven para venir a comer porque tu padre ha llegado.

 

Paco su hijo mayor contaba con 12 años de edad, era un muchachito muy inteligente, se veía que iba a ser tan alto como su padre, se parecía mucho a él.   Obedeció a su madre y salió al jardín:

 

-¡Ernesto, Celita, Armando!.   ¡Que vengan a comer!.

 

Sus hermanos estaban jugando con una pelota de grandes dimensiones.

Ernesto tenía 10 años, era un muchacho sonrosado y mofletudo, pelo negro al igual que sus ojos, naríz recta como su padre y hermanos.   Cariñosamente le decían Ernestico.   Celita, a la que llamaban también cariñosamente “Lita”, tenía los ojos verdes aceitunados, largos y rizados cabellos de color castaño claro, piel blanca tendiendo al rosa, figura ligera y frágil como la de su madre, contaba con 9 años.   Por último estaba Armando, al cual le decían “Mando”, de pelo negro y ojos color miel, mirada y sonrisa traviesa, siempre chapeado, apenas cumpliría 7 años.

 

Cuando estuvieron reunidos en torno a la mesa, Francisco les anunció:

 

-Como se han portado muy bien, su madre y yo hemos resuelto recompensarlos llevándolos a México de vacaciones.

 

-¿Cuándo nos vamos?.   Preguntó Lita.

 

-Dentro de dos semanas partiremos en el “San Fernando”.

 

-¿Cuántos días vamos a estar en México?.

 

-Unos tres meses, su madre quiere que conozcan varias ciudades.

 

-¿Iremos a Veracruz?.   Preguntó Ernestico.

 

-Claro que sí, visitaremos a tus tíos y a tus primos.   Respondió Celia.

 

-¿Marcos vendrá con nosotros?.   Preguntó Armando.

 

-Tu padre y yo ya lo hemos invitado, falta que él decida.

 

-Yo quiero que vaya.   Dijo Armando.

 

-Sí, que vaya, convéncelo papá.   Suplicó Lita.

 

-Creo que entre todos ustedes lo pueden hacer.   ¿Por qué no lo intentan?.

 

-Cuando terminemos de comer iremos a verlo, no lo dejaremos en paz hasta que diga que sí.   Concluyó Paco.

 

Dicho y hecho, después de comer, los cuatro fueron a casa del tío Marcos, como siempre, el gigante se llenó de alegría al ver a los hermanos.   No tuvieron que insistirle mucho, generalmente Marcos terminaba por acceder a los ruegos de sus sobrinos.

 

Una vez que el gigante confirmó a los niños su participación en el viaje, todos fueron a visitar a los abuelos junto con sus padres.

 

Doña Eva y don Hernando, seguían haciéndose cargo de la posada, eran ayudados por Lorenzo y Joselito, el cual, al morir su madre, se había quedado a vivir con éllos.   Gracias a los consejos de Francisco, hicieron muchas mejoras al lugar. Actualmente era un negocio próspero y de reconocida fama.

 

Como todos los días, los abuelos esperaban esta visita y se llenaron de alegría al verlos entrar en su casa.

 

Entre todos, trataron de persuadir a los abuelos para que tomaran unas vacaciones y viajaran a México. Celia y Francisco, sabían de antemano, que los abuelos no aceptarían la invitación.   Los niños insistieron mucho; como estaba previsto no tuvieron éxito y se resignaron, respetando la decisión que sus abuelos habían tomado.

 

Para alegrarlos, don Hernando los llevó a dar un paseo en compañía de doña Eva.   Todos subieron a la vieja carreta del abuelo y se fueron cantando mientras que sus padres se encaminaron a efectuar compras y preparativos para el viaje.

 

Pasados unos días y a bordo del “San Fernando”…

 

-Francisco, me hallaba preocupada, los sitios que pretendemos visitar son casi indómitos, no están bien explorados; unos cuantos arqueólogos y algunos ayudantes con sus familias habitan en torno a las pirámides. Qué bueno que los niños lograron convencer a Marcos de que viniera con nosotros.

 

-Si querida, entiendo tu preocupación, tranquilízate, he contratado a los mejores guías, nada nos pasará.   Entiéndeme, si no hacemos este viaje ahora, no lo podremos realizar después porque no tendremos la condición física que se requiere para tal aventura.   Como dices, Marcos nos será de gran apoyo con los chicos, me alegro de que venga, desde que llegó a la Isla jamás ha vuelto a salir.

 

-Los niños le quieren mucho y como te digo, estoy mas tranquila sabiendo que están con él.   Sobre todo por Mando ya ves que es muy inquieto.

 

-Tienes razón mujer, nuestro pequeño es un torbellino, pareciera que se quisiera beber la vida.

 

-Siempre me preocupo por igual de nuestros hijos pero con Mando es diferente, por él me preocupo más, siento que no nos sobrevivirá.

 

-Quítate de la cabeza ese pensamiento, no hay ninguna razón para ello.   Todos los seres desde que nacemos estamos destinados a morir, vive con intensidad y deja que tus hijos lo hagan, recuerda que nadie sabe ni el día ni la hora de su muerte, salvo algunos que por circunstancias especiales están condenados.

Si agobias a nuestros hijos con tus aprensiones, les coactarás su libertad.   Te repito, vive y déjalos vivir, Dios es el único que sabe cuanto tiempo permanecerán entre nosotros y nosotros entre éllos.

 

-Tienes razón Francisco, debemos amarnos, disfrutar de nuestro amor y nuestra familia cada día, sin preocuparnos mas de la cuenta.

 

-Tú y yo somos un árbol, nuestros hijos son los frutos, cuando la fruta madure, se apartarán del árbol y sus semillas darán origen a nuevos árboles que serán la prolongación de nosotros mismos.

 

-Son el fruto de nuestro amor que se prolongará a través de éllos de una generación a otra.

 

-Es nuestro amor hecho carne, corre, grita, llora, canta, salta, baila, en fin; es nuestro amor que ahora ha sido bendecido y tiene vida propia.

 

Celia le dio un amoroso beso a su esposo, el se lo devolvió y dijo por último:

 

-Son “los frutos del amor”.

 

-¡Mamá, papá!.   El capitán dice que en un par de horas llegaremos a nuestro destino.

 

Mando entró corriendo en el camarote de sus padres gritando y agitando sus manitas.   Celia estaba sentada en las piernas de su esposo con la blusa abierta.   Se puso inmediatamente de pie para abotonársela, dándole la espalda a Mando y sintiendo que las mejillas le ardían de vergüenza.

 

Mando no se percató de nada, su entusiasmo por el próximo arribo en tierra mexicana no le permitió fijarse en detalles.

 

-¡Chico!.   ¿Cuántas veces se te ha dicho que llames a la puerta de una  habitación antes de entrar?

Lo reprendió su padre con el ceño fruncido.

 

-Perdón papá, ahora mismo me salgo y llamo.

 

El niño salió volviendo a cerrar la puerta y desde afuera tocando suavemente dijo:

 

-Mamá, papá.   ¿me permiten  entrar?.

 

Francisco se dio una palmada en la frente y sonrió al igual que su mujer.

 

-Pierdes el tiempo querido, Mandito primero hace y luego piensa.

 

-Papá, mamá.   ¿Puedo entrar?.   Él remedó al niño y después dijo con su voz normal:

 

-Ánda, pasa de una vez por todas.

 

El niño volvió a entrar y precipitándose en el regazo de su madre [quien ya llevaba sus ropas bien puestas]  le rodeó el cuello con ambos brazos.

 

-¿Saben que?.

 

-Nó, no sabemos que.   Le respondió su madre besándole la mejilla.

 

Su padre se sentó junto a los dos y jalándole una oreja cariñosamente le díjo:

 

-Dinos que es lo que no sabemos.

 

-Mira papá, vamos a llegar a una ciudad y yo no sé nada de ella.   ¿Por qué no me cuentas sobre esos señores que construyeron las pirámides?... ¿Cómo dicen que se llaman?.

 

-Los Mayas hijito.   Le dijo Celia con mucha ternura.

 

-¡Ah sí, los Mayas!.   Cuéntame algo de ellos.   Hórale papá.

 

-Cuando desembarquemos te voy a contar su historia.   Respondió Francisco.   Quitándoselo a Celia del regazo lo alzó por los aires, le hizo unos molinetes y lo sacó de la habitación, luego volviéndose a ella dijo:

 

-Este chico vale por sus tres hermanos en lo inquieto y travieso.

 

-No sé que hacer con él, cada vez que quiero ponerme enérgica y corregirlo, me gana su ternura, es muy dulce, nunca hace las cosas con mala intención.

 

-Debemos sobreponernos a su carita de ángel y jalarle las orejas cuando sea necesario, no podemos dejar que crezca sin autoridad.

 

-En realidad hasta hoy no ha hecho ninguna travesura grave.

 

-¡Celia por Dios!.   ¿No recuerdas cuando puso las ranas en la cama de sus hermanos?.

 

-Fue solo una broma y nadie resultó lastimado.

 

-¿Cuando soltó el ratón en el cuarto de baño y la lavandera salió horrorizada con las bragas abajo?.

 

-Eso fue muy chusco, hasta tú te reíste.

 

-No te hizo mucha gracia cuando se metió a la cocina y saló tu estofado de puerco.   ¿Recuerdas que teníamos invitados?.   Todos empezaron a comer y por vergüenza nadie se atrevía a decir que tu guiso estaba pasado de sal.

 

-Dijo que sólo iba a poner una pizca de sal, el salero se le destapó sin querer.

 

-Mujer, no lo defiendas.   ¿Quién le mandó meterse a tu cocina?.

 

-Bueno, siempre lo has castigado y de nada ha servido.   ¿Qué pretendes hacer cuando realice su próxima travesura?.

 

-Le daré una buena nalguiza.

 

-¡Francisco!.   ¡Jamás has usado la violencia física con los niños!.   ¡Estás deschavetado!.

 

-Nó, claro que no he perdido ningún juicio, tú lo sabes bien, a Mando le ha llegado la hora de los mameyes.   Como dices, a ninguno de nuestros hijos les he pegado  porque no ha sido necesario, con Armando es diferente.   Se le ha advertído muchas veces y él no quiere entender.   Nos ha tomado la medida, sobre todo a ti, cuando lo mando sin cenar a la cama, tú a escondidas le llevas un vaso de leche.

 

-Siempre le hago prometer que se va a portar bien.

 

-Te habrás dado cuenta de que rompe su promesa en unos pocos días.

 

-De todos modos, me opongo al castigo corporal, me recuerdas a los esclavistas de las plantaciones.

 

-Esos eran unos malvados salvajes, yo hablo de unos golpes en las nalgas que no lo lesionarán, intento solamente que sienta mi mano.

 

-¿Para infundirle temor?.

 

-Mejor hablemos de otra cosa.

-Sí, mejor hagámoslo.   ¿Verdad que tengo razón?.

 

-Nó, no la tienes.   Piensa bien en mis palabras, todavía está en edad de corregirse.   No esperemos que sus travesuras ocasionen una desgracia.

 

Antes de que Celia dijese nada se escuchó que llamaban a la puerta del camarote.   Francisco abrió y se encontró con Lita.

 

-¡Papá, ya se ve una Isla, dice el capitán que se llama Cozumel!.   ¿Por qué no suben con nosotros a la cubierta?.

 

-En este momento estábamos por hacerlo.

 

Francisco tomó con una mano la mano de su esposa y con la otra, la de Lita. Los tres se encaminaron hacia la proa del barco en donde pensaban reunirse con el resto de la familia.

 

Paco y Ernestico se encontraban en la proa uno y otro colocados a cada lado de Marcos, Mando no estaba a la vista.

 

Su madre se inquietó:

 

-¿Dónde está Mando?.   Dijo que estaría en la cubierta con ustedes.

 

-A nosotros nos dijo que bajaría al camarote contigo y con papá. Respondió Paco.

 

Todos se miraron inquietos.   Francisco les indicó:

 

-Paco, Ernestico, por favor vayan a buscarlo.   Amor, no te preocupes ven, siéntate, Lita acompaña a mamá; yo ayudaré a los chicos a buscarlo.

 

-Marcos también buscar a Mando. Esto dijo el gigante y se unió a la búsqueda.

 

Pasaron 10 minutos eternos, el chico no aparecía.   Celia estaba aterrada pensando en que se hubiera caído por la borda. No pudo permanecer más tiempo sentada y junto con Lita, se unieron también a la búsqueda.

 

El capitán mandó detener las máquinas y varios miembros de la tripulación dejaron sus actividades para buscarlo.   Por más de media hora recorrieron el barco de proa a popa, de babor a estribor y de arriba a abajo, sin éxito alguno.

 

Celia se dejó caer exasperada sobre un sillón y cubriéndose el rostro con ambas manos empezó a sollozar:

 

-¡Se ha caído al mar!.   ¡Jamás lo volveremos a ver!.

 

Francisco la levantó y la estrechó fuertemente entre sus brazos.   No pudo evitar el llanto.   Los niños se abrazaron a sus padres hechos un mar de lágrimas.

Marcos y la tripulación estaban consternados.

 

En eso se escuchó una risita y una cabecita se asomó por la borda de estribor.

 

-¡Huuuuuuujú!.   ¡Aquí estoy!.

 

Por supuesto que se trataba de Armando.   Se había atado una cuerda a la cintura y todo ese tiempo permaneció colgado de un gancho que servía para asegurar la escala por fuera de la borda.

 

De inmediato, Marcos lo levantó tomándolo por el cuello de la chaqueta, le desató la cuerda y lo depositó de pie frente a sus padres.

 

El rostro de Celia se iluminó primero de dicha y luego se puso rojo de indignación.

 

-¿Por qué lo has hecho?.   ¿No pensaste en la angustia que nos hisiste pasar?.   ¿No pensaste en el dolor que sentimos cuando creíamos que te habías caído por la borda al mar?.

 

Armando estaba sinceramente arrepentido.   Además se asustó mucho al ver la expresión del rostro de su madre, nunca la había visto así.   Antes de que el chiquillo dijera nada, la madre se liberó de los brazos de su esposo, apartando a sus demás hijos, se aproximó a Mando y le soltó una fuerte bofetada. 

 

El niño cayó sentado y miró pasmado a Celia, jamás le había pegado.   Puso la mano en el carrillo sintiendo el ardor del golpe, levantó los ojos interrogantes y los fijó en ella.

 

Celia retrocedió un paso y dijo:

 

-Vete a tu camarote, no vas a salir de ahí hasta que estemos en el puerto.   Paco, Ernestico, llévenlo y cierren la puerta por fuera.

 

Todavía incrédulo, Mando permaneció unos instantes más en el suelo, cuando vió que su madre se daba media vuelta y se alejaba del lugar se convenció que esta vez iba en serio el castigo.

 

Celia se fue a refugiar a su camarote, abundantes lágrimas le brotaban, su esposo llegó para consolarla.

 

-Has hecho bien, estaba tan enojado que si le pego lo hubiera lastimado.

 

-Nunca me imaginé que fuera tan inconsciente, hacernos sufrir de esa manera, tenías razón, hay que ponerle un límite esas bromas pueden causar una tragedia.   ¡Mira nada más!.   ¡Colgarse por fuera de la borda!.  ¿Si la cuerda se rompe?   ¿Si se hubiera atado mal?   ¡Se hubiera caído al mar y jamás lo encontraríamos!.

 

-Vamos mujer, no llores; afortunadamente ya pasó el susto.

 

Alguien los interrumpió llamando a la puerta.      Esta vez el caballero sin apartarse de su esposa dijo:

 

-Adelante, quien sea, puede pasar.

 

-Con su permiso don Francisco.

 

-Capitán.   ¿Usted aquí?.   ¿Sucede algo?.

 

-Me da mucha pena comunicarle que el jefe de máquinas me ha informado que alguien averió una de las calderas y mojó la reserva de carbón.   Afortunadamente el daño a la caldera no es irreparable, don Rubén dice que en una hora a más tardar estará funcionando.   En lo referente al carbón mojado, lo pondrá a secar al sol en la cubierta que está próxima al cuarto de máquinas.   Dice Que hagamos el favor de no transitar por ahí.

 

Un nombre acudió a la mente de los afligidos padres:

 

-¡Armando!.   Ninguno de los dos lo pronunció.

 

-Nosotros debemos entregar un cargamento de porcelanas Chinas para que el “Estrella del Mar” lo lleve a Suramérica, deberíamos llegar a Progreso para trasladar la mercancía del “San Fernando” al “Estrella del Mar”, ahora no llegaremos a tiempo.

 

-El otro buque nos puede esperar en Payo Obispo, envíe un cable para informarles que nos esperen.

 

-Ya lo había pensado, quería consultárselo porque ustedes tendrán que desembarcar en Payo Obispo y trasladarse por tierra hacia el territorio de Yucatán.

 

-No hay problema, venimos en plan de paseo, este incidente servirá para ampliar nuestro recorrido.

 

-Como usted diga, ahora con su permiso me retiro.

 

Cuando volvieron a quedar a solas, Celia se dirigió a su esposo para preguntarle:

 

-¿Qué haremos con el cofrecito de las prendas y con el del dinero.

 

-Los dejaremos en la caja fuerte del barco, tomaré el dinero necesario para nuestros gastos de Payo Obispo a Yucatán.

 

-¿Y si te falta dinero?.

 

-El licenciado Zamudio por instrucciones mías, ha realizado ciertos depósitos en las instituciones bancarias de las ciudades que visitaremos, así no andaremos cargando efectivo por los caminos exponiéndonos a los bandoleros.

 

-¡Que buena idea!. Tengo guardado  en mi portamonedas algunos pesos mexicanos que nos quedaron de los viajes anteriores.   ¿Quieres que te los dé?.

 

-No mi mamirriqui, consérvalos tú, es bueno no poner los huevos en una sola canasta.

 

Con gran retrazo en la travesía por fín llegaron a Payo Obispo, ubicada a escasa distancia de Mérida.

 

Todo ese tiempo Armando había permanecido en su camarote, mas nó se encontraba solo.

 

-Armando, ahora si que te pasaste, nunca había visto a mamá tan afligida.

 

-Paco, élla no me quiere.

 

-¿Por qué dices eso?.

 

-Me pegó y a ninguno de ustedes le ha pegado.

 

-Ninguno de nosotros hemos hecho lo que tú haces.

 

-Papá no me dijo nada.   ¿Por qué?.

 

-Lo hiciste llorar, nunca lo había visto llorar.   Creo que cuando se dio cuenta que era otra de tus bromas se enojó tanto, que si te toca te desbarata.

 

-Un amigo de la escuela me dijo que su papá le pegaba con el cinturón, hasta me enseñó las marcas que le dejó en las piernas y en la espalda.

 

Ernestico que hasta entonces se mantenía en silencio habló:

 

-¿Quieres que papá te pegue así?.

 

-Papá no lo haría.

 

-En tu lugar yo no estaría tan seguro.

 

-Ernestico tiene razón, si hoy te pegó mamá, mañana lo hará papá.

 

-Ya oíste a Paco, está de acuerdo conmigo, será mejor que moderes tu conducta.

 

En eso se unió al grupo Lita y les comunicó lo que ocurría con el carbón y la caldera, culpando a Mando lo señaló con el dedo:

 

-¡Tú lo hiciste!. Por tu culpa papá corre el riesgo de perder el embarque de la porcelana china a Suramérica.

 

-¡No!.    No lo hice.   Yo no tuve nada que ver con el carbón.

 

-Rubén el maquinista, dice que te vió rondando por las calderas.   Le volvió a reprochar Lita.

 

-Anduve por ahí pero ni siquiera vi el carbón.

 

-Ahora resulta que también eres un guayabero.   Le dijo Paco.

 

-De verdad, créanme, yo no tengo nada que ver con eso.

 

Sus hermanos se le quedaron mirando, el niño parecía sincero así que le dieron la opción de la duda.

 

Antes de bajar del barco, Francisco habló con Armando y lo reprendió fuertemente por el carbón mojado.   Cuando el niño nó reconoció su culpa, se enojó aún más y le propinó la nalguiza correctiva.   Esta vez Mando, sí lloró y entre lágrimas volvió a negar su culpa.

 

El padre  desconcertado por la negativa del niño a reconocer la travesura, dejó el asunto por la paz y le ordenó que se uniera a sus hermanos en la cubierta, que los quería ver a todos juntos para el desembarco.

  

 

 

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