LIBRO II.
Escrito por: Irma Gpe. Vela Meza.
Julio 2004
CAPÍTULO XIX.
LA FAMILIA UNIDA, SUPERA CUALQUIER DIFICULTAD.
Durante el resto del día el matrimonio Mesa no se
volvió a reunir, Celia conservaba la calma gracias a que Joselito la mantenía
informada de los pasos del caballero.
Doña Eva, había regresado con una sorpresa para su
hija. En contra de lo estipulado con el acuerdo del banco, la señora recuperó
el lecho nupcial de Celia alegando que no pertenecía al matrimonio, ya que era
propiedad de los Monteagudo. Los encargados del inventario, mareados por las
aclaraciones de doña Eva, dejaron de discutir y le permitieron sacar la cama.
Celia fingió alegrarse por la hazaña de su madre, en realidad se había hecho a
la idea de perder todos los bienes materiales. Como le dijo a su esposo cuando
le comunicó que vendería la casa con lo que había en ella: -Querido, no te
preocupes, usa los bienes para remediar los males.
Los chicos sabían que había problemas, no imaginaban
la magnitud de lo que ocurría. Por la tarde, Ernesto y Paco, de acuerdo con sus
hermanos menores, salieron a escondidas de la posada. Mando y Lita, acordaron
solaparlos a cambio de que los enteraran de todo lo que vieran. Hecho el trato,
los detectives se marcharon y los alcahuetes se quedaron en espera de noticias.
Por las empedradas callejuelas de la ciudad los dos
caminaban entre la gente que iba y venía inmersa en sus asuntos, sin prestar
atención a los catrincitos que se mezclaban entre ella.
Se apartaron del centro de la ciudad y se encaminaron
hacia los muelles por un camino de arena, esperaban ver de lejos a su padre en
el edificio de la naviera. Desde la distancia, asombrados contemplaron la
construcción emnegresida por el incendio, la planta baja, donde se ubicaba la
bodega, estaba ahora llena de escombros, hierros retorcidos y basura; el piso
de la planta alta se desplomó sobre ella. Los techos de madera tallada de la
planta superior, también habían desaparecido. Sorprendidos, se pararon frente
al lugar, Paco detuvo a un transeúnte para preguntar lo que le sucedió a la
naviera. El hombre interrogado resultó ser muy comunicativo y les describió a
los chicos con lujo de detalles toda la escena del incendio. Inspirado por el
público, - Paco y Ernestico- que lo escuchaba sin parpadear, el desconocido les
refirió lo que esa misma mañana aconteció en dicho lugar. Se refirió al
caballero Mesa como un hombre que sabía usar los puños, comentó también que les
dió una buena lección a sus subordinados. Para finalizar, dijo:
-Ahora que está arruinado se debería
dedicar al boxeo, estoy seguro de que le iría bien.
Sin dar las gracias, sin despedirse, los muchachos
echaron a correr y no quisieron detenerse hasta llegar a su casa. Con una
fuerte punzada en el costado y las piernas temblorosas, exhaustos, se dejaron
caer en el portal para comtemplar que unos desconocidos recorrían toda la
propiedad tomando nota de cuanto había en ella. Sin comprender lo que ocurría,
se aproximaron a uno de ellos y Paco preguntó que era lo que estaban haciendo.
El hombre se extrañó por el hecho de que dos chicos bien vestidos y que se
notaba que provenían de una familia acomodada, anduvieran solos. Cuando
Ernestico se presentó formalmente y el caballero escuchó su nombre completo,
comprendió de quienes se trataba. Con un placer mal sano, dijo:
-El dueño de esta propiedad, ha
tenido que venderla para pagar sus deudas. Es un hombre arruinado que no ha
sabido manejar sus negocios ; al igual que esta casa, todas sus propiedades y
el contenido de cada una, pasarán a manos de nuestro banco.
En ese momento, los chicos escucharon la voz de su
padre y la de don Julio. Antes de que los vieran, emprendieron una nueva
carrera con destino a la posada de sus abuelos. Esta vez, el camino de arena se
hacía más pesado. Don Hernando, que regresaba en ese momento con rumbo a la
vivienda, los vió venir y detuvo la marcha de sus mulas para llamar a gritos
destemplados a sus nietos.
-¡Mira nadamás!. ¡Par de pillos!. ¡Su abuela y su madre en la creencia de que
están haciendo sus deberes y ustedes tirados a la parranda!. ¡Una buena zurra es lo que merecen!. Los
chicos se aproximaron a la carreta del abuelo, él les vió las caras y dejó de
regañarles:
-¿Qué les ha pasado?. ¿Por qué
vienen así?. Vamos hijos, suban al carro, cuéntenme... ¿De dónde vienen?. ¿A
qué han salido?.
Entre lágrimas los muchachos le contaron al abuelo lo
que habían visto y oído, para don Hernando lo que sus nietos le refirieron no
fue sorpresa; estaba enterado de todo por boca del yerno. Trató de consolarlos
y decidió guardar el secreto de que los había encontrado solos por la calle con
la condición de que éllos informaran a sus padres lo que habían hecho.
Lita y Mando, no pudieron enterarse de nada, porque
sus hermanos evitaron decirles la verdad. Por la noche, Francisco retornó y se
reunió con todos los muchachos para cenar, estuvo alegre y cariñoso con ellos,
don Hernando y doña Eva se admiraron de que el caballero tuviera ánimos para
estar tan alegre y despreocupado, pero cuando los chicos se retiraron para ir a
dormir, los Monteagudo vieron la transformación que sufrió el ánimo de
Francisco porque este apoyó ambos codos
en la mesa y sostuvo entre las manos su cabeza. Don Hernando abandonó su silla,
acercándose al yerno le puso una mano en el hombro y depositó un fajo de
billetes sobre la mesa, Doña eva se colocó del otro lado y le tomó una mano al
yerno mientras su esposo decía:
-Hijo, estos son nuestros ahorros,
tómalos, utilízalos como quieras, a nosotros no nos hacen falta; es más, si
quieres, la casa, la posada, está a tu disposición, lo que tenemos es de
ustedes.
Francisco miró a uno y otra con lágrimas en los ojos,
iba a dar las gracias y rechazar la ayuda que gentilmente sus padres políticos
le estaban ofreciendo, cuando doña Eva le impidió hablar:
-No te atrevas a rehusar esta ayuda
que desinteresadamente te ofrecemos, eres el esposo de nuestra hija, el padre
de nuestros nietos, eres un hijo para nosotros. No te atrevas a ofendernos
rechazándonos.
El caballero besó la mano de sus suegros y emocionado
dió las gracias.
-Gracias padres, me importa un
pepino que el mundo se venga abajo, si tengo conmigo a la familia. Mi “Dama
Fortuna” me ha rodeado de unos hijos y unos padres maravillosos.
Los tres se abrazaron y caminaron de esa manera hacia
la habitación de Celia, quien estaba en compañía de Domitila. Se detuvieron
frente a la puerta y llamaron antes de entrar, Domitila acudió al llamado y les
permitió el paso, después de preguntar si se les ofrecía alguna cosa y escuchar
que por el momento nó, dió las buenas noches y se marchó. Celia lucía un
camisón color rosa con delicados bordados en el cuello y los puños. Una gruesa
trenza se extendía desde su nuca hasta la cintura, la habitación olía a rosas,
una suave brisa penetraba por el postigo de la ventana que se encontraba
abierto. Todos los muebles de antes de que se casara estaban ahí, su pequeño
peinador con tres lunas, un taburete, el mismo ropero, una mesita redonda con
dos sillones a los lados y a cada lado del lecho un buró. Se encontraba sentada
en la cama, mostraba un semblante pálido y ojeroso. La luz iluminaba toda la
habitación y Francisco reconoció de inmediato la cama.
-¿Por qué está esta cama aquí?. Creí que el banco se quedaría con todas
nuestras pertenencias. ¿Cómo hicieron para que se la dieran?.
Doña Eva rió y contó de qué manera se la había quitado
a los hombres que hacían el inventario, ayudada por don Julio. Platicaron un
rato con Celia y luego se despidieron dejándola en compañía de su esposo.
Francisco se dispuso a dormir, mientras se aseaba para
ponerse la pijama le contaba a la dama los pormenores del día, emocionado aún,
mencionó la acción de los suegros.
Celia sonrió dulcemente y le dijo que no esperaba menos de sus
padres. Luego le pidió que le acercara
el pequeño cofre que Marcos había salvado en Payo Obispo de entre los restos
del carruaje. El caballero se intrigó,
preguntándole que para qué lo quería. Ella le respondió:
-Dámelo, ya lo verás, es una
sorpresa. La caja tenía un doble fondo, del interior del cofrecito, Celia
extrajo una cantidad exagerada de dólares y pesos mexicanos.
-¡Chica!. ¿Qué significa esto?. ¿De
dónde sacaste tanto dinero?.
-Querido, es el dinerito que me ha
sobrado de los viajes que hemos realizado. Al volver de cada paseo, cambio en
dólares el dinero que me sobra pensando en que Ernestico y Paco estudiarán en
los Estados Unidos. En realidad, ni siquiera sé porqué lo hice, jamás creí que
nos serviría para una emergencia. ¿Has de creer que no recordaba que teníamos
este dinero?.
Por una u otra cosa lo olvidé, esta mañana Domitila me
entregó el cofrecito, diciendo que lo sacó de la casa entre mis objetos
personales, fue cuando recordé lo que guardaba en el fondo secreto.
¿De verdad es mucho?.
El caballero contó el dinero y con satisfacción
respondió:
-Sí, querida, es mucho. Con esto y
lo que me han dado tus padres, nos ajustaremos para liquidar la deuda. Había
pensado en vender alguna de las tres embarcaciones que nos quedaban, Jorge me
envió un mensaje diciendo que me esperara, que él y Porfirio estaban haciendo
lo posible por reunir el resto de la deuda. Incluso Silvanus estaba dispuesto a
socorrernos, con esto ya no será necesario. Mañana les enviaré un mensaje para
notificarles que no se preocupen, también depositaré el dinero en el banco para
liquidar la deuda. Qué barbaridad, estuviste a punto de perder esta fortuna.
¿Cómo pudiste olvidarlo?.
-Perdóname, han pasado tantas cosas
que mis pensamientos andaban revueltos, el perder al crío me entristeció mucho,
luego todos los problemas se juntaron y no sé por qué lo olvidé, demos gracias
a Dios que a Domitila se le ocurrió traerme este viejo cofre. Ahora ambos
dormiremos tranquilos y mañana celebraremos la noche buena con alegría, porque
el Señor nos envía este regalo. Guarda bien el dinero y ven a dormir.
El caballero hizo lo que su esposa le dijo, terminó de
asearse y se metió al lecho.
-Oye chico, creo que tengo una
deuda, me parece que tenía que pagártela en besos, te la voy a pagar en abonos,
porque ambos estamos muy cansados. ¿Está bien?.
-Está bien, cuando termine tu
cuarentena me pagarás la deuda con intereses, réditos, cargos y recargos. Ahora
dame un solo beso de esos que hacen que las mujeres tengan críos.
A pesar de tener el capital para solucionar sus
problemas financieros, ninguno pudo dormir tranquilo pensando en el futuro y lo
que harían.
Pasadas unas horas, Francisco se levantó con mucho
cuidado del lecho creyendo que Celia dormía, apenas si se movió, cuando:
-Querido... Yo tampoco duermo, estoy
preocupada, tengo una duda... ¿Por qué el Gobernador José Miguel
Gómez el exg-sé, las veces que solicité
verlo,-,-Creo únicamente o de armas proveniente de... ,uestra relación
como si nada. ssalemán y las recibió con gusto. tiva en el asunto de las armas,
e es su forma de desquitarse. “”“”“”iba -¿Nos marchemos?. No me habías dicho
nada. ¿A dónde iremos?. Francisco c-No exactamente
mamirriqui. Todos iremos a dejar a los chicos a su nueva escuela en Nueva
Orleans; pero, no volveremos a la Isla, temo por tu seguridad, la de Mando,
Lita, y, hasta por la de tus padres. Hay un cierto grupo de obreros que sin
deberla ni temerla, se ha inmiscuido en los problemas de la empresa, son muy
violentos, no respetan nada para lograr sus fines. Debemos marcharnos, estoy harto
de guerras, luchas y muerte. Apenas hace cinco años que Estados Unidos tuvo que
volver a intervenir para sofocar las revueltas por la reelección de don Tomás,
y tal parece que estas riñas no tienen para cuando terminar.
-¿Dejaremos
todo? ¿A dónde iremos?.
-No
dejaremos nada, porque ya no tenemos nada. Respecto al lugar donde iremos, aún
no está decidido. ¿Te gustaría la Florida?.
¿Prefieres Payo Ovispo?. ¿Quizás sea mejor Yucatán? Tú escoge. No me
respondas ahora, medítalo, me lo dirás mañana.
Ella hizo nuevamente otro intento por levantarse, el
caballero la cogió por los brazos y se lo impidió.
-¿Has hablado con mis padres?.
¿Les has dicho todo esto?.
-Sí,
ellos están de acuerdo en que nos marchemos.
-¿Vendrán
con nosotros?.
-Nó,
ambos se rehúsan a salir de su patria, traté de persuadirlos sin éxito. Espero
que tú lo intentes y que logres convencerlos.
El caballero encendió otro habano y nuevamente se
asomó a la ventana para contemplar las estrellas que seguían siendo la causa de
admiración de muchos.
Celia, otra vez dejó el lecho y se encaminó hacia él,
mientras preguntaba:
-¿Cuándo nos iremos?.
Francisco colocó el habano en un cenicero, fue hacia
élla y la obligó a regresar a la cama,
al mismo tiempo que le respondía:
-Antes de que el año termine el
“Estrella del Mar” estará fondeado frente a la costa de la “playa azul” de
Varadero. Diremos que vamos hacia Matanzas, pero pasaremos de largo para llegar
a Varadero y abordarlo lo más pronto que
nos sea posible.
Ahora, por favor, por una sola vez en tu vida, haz lo
que te digo. ¡Quédate en la cama, el sereno te puede hacer daño, no quiero que
enfermes!. El viaje será en unos días, necesitarás de todas tus energías.
De mala gana, Celia obedeció y esperó a que él
terminara de fumar y retornara al lecho para tratar de dormir.
Antes de que el sol saliera, Francisco estaba de pie
preparándose para salir. Celia estaba disgustada porque no le permitía andar
levantada y ayudarlo; esperaba de brazos cruzados sentada en uno de los
sillones a que terminara. Cuando Francisco estuvo listo, se despidió y salió de
la habitación para bajar a reunirse con los suegros que estaban ocupados en sus
labores desde hacía una hora. Doña Eva, auxiliada por una empleada, preparaba
los primeros alimentos del día. Domitila instalaba en una bandeja lo que le
llevaría a su madrina. Francisco cogió una rosa de un jarrón del comedor,
escribió una nota y la depositó en la bandeja. Luego apenado recordó que Celia
no podría leer la nota, entonces besó la flor y le dijo a Domitila que le
dijera a la madrina lo que había hecho. Don Hernando sentose con el yerno a la
mesa, mientras doña Eva les atendía. Francisco volvió a tocar el tema de los
obreros que le habían causado tantos problemas.
-Ve
usted don Hernando, en 1899 apoyé la Liga General de Trabajadores Cubanos, la
más importante agrupación de aquellos años,recuerdo que entre sus fundadores se encontraban numerosos
obreros de origen ácrata aunque también los había de otras ideologías.
-Yo
estuve de acuerdo contigo, recuerdo bien que el primer presidente de la liga
fue el viejo líder Enrique Messonier, el último sobreviviente de los tres
Enriques del anarquismo cubano. Messonier capitalizó
para su elección la fama de su larga trayectoria independentista.
-Uno
de los motivos que tuve para apoyarlos -dijo Francisco- fue que la liga surgía,
entre otros propósitos, con los objetivos de luchar porque los obreros cubanos
disfrutaran de las mismas garantías y ventajas que los extranjeros; porque se
gestionara una ocupación para los obreros repatriados y porque se buscara
oficio a los huérfanos de la calle.
-Ciertamente,
-dijo don Hernando- sus ideales fueron buenos, mas el abuso de la violencia,
como en todo, la echó a perder; nos causó pérdidas humanas y económicas. Fue
terrible cuando la organización de trabajadores desencadenó varias huelgas a
fines de 1901 y principios de 1902.
-Claro
que sí don Hernando, fue cuando por segunda vez los Estados Unidos
intervinieron, la soberanía de Cuba quedaba condicionada por una enmienda
propuesta por el senador norteamericano Orville H Platt. Según este apéndice a
la Constitución de la joven república, a EUA se le concedieron derechos a bases
carboneras, a intervenir militarmente, así como a tener la prerrogativa de
autorizar los empréstitos que hiciera el
gobierno cubano.
-Y así fue como -interrumpió el suegro- la influencia
económica norteamericana se ha manifestado en la compra de grandes extensiones
de tierra abaratadas por la guerra. Las empresas norteamericanas adquirieron
miles de caballerías, además de fábricas de tabaco y cientos de concesiones
para explotar minas, instalar alumbrado eléctrico, controlan el transporte
ferroviario etc.
-Si, figúrese usted, que si en 1895 las
inversiones norteamericanas eran de 50 millones de pesos, un año después de
finalizada la ocupación alcanzaron el índice de los 100 millones.
Platicando de este modo, terminaron de ingerir los
alimentos. El Licenciado Zamudio se les unió casi al final, solo los acompañó
con una taza de café. Después él y Francisco se despidieron de don Hernando y
partieron para finiquitar sus negocios.
A media mañana, mientras sus hijos se encontraban
ocupados adornando la casa para la cena de Noche Buena, Celia mandó llamar a
sus padres para tratar de convencerlos de que partieran con éllos. A las
súplicas de su hija, doña Eva respondió de la manera siguiente:
-Hija, nosotros ya estamos viejos,
la tristeza de abandonar el terruño acabaría con tu padre, él ama su “Villa de
San Cristóbal de la Habana”.
-Nena,
tu madre tiene razón, tendría que dejar mis paseos vespertinos por la Alameda de Paula junto al
puerto, no volvería a contemplar las Plazas de Armas y de la Catedral; tampoco
vería mas el Castillo de la Real Fuerza, los del Morro y La Cabaña, los
palacios de los Capitanes Generales y del Segundo Cabo, así como los restos de
la muralla que rodea la ciudad. Extrañaría hasta las calles empedradas, el
aroma del puerto, la algarabía de la gente. No insistas nenita,
déjanos quedarnos aquí disfrutando de nuestra tierra.
-Yo
también extrañaré todo esto, los paseos, la Giraldilla, el Castillo de la Real
Fuerza con su torre, el campanario y la posta para el vigía. Jamás volveré a escuchar misa en la hermosa
Catedral Barroca, no abrá más paseos por
el malecón, Francisco y Ernestico ya no disfrutarán de “La Bodeguita del Medio”
con su comida criolla. Anoche Francisco bromeaba sobre el hecho de que no abrá
“Floridita” para irse a tomar el daiquiri del medio día. Pero todo esto es
superfluo, comparado con el bienestar de la familia. Estando juntos... ¿Qué son
todos estos lugares?. La Patria es el sitio donde la familia se establece para
vivir con libertad, con deseos de paz, de progreso. ¿Ustedes, qué es lo que más
aman?, la tierra, o, lafamilia?. Soy su hija única, mis hijos son sus únicos
nietos... ¿Nos dejarán partir sin ustedes?. No deseo usar este recurso, sin
embargo, se los recordaré... Los nesesito, los amo, son mis padres, los quiero
a mi lado para cuidarlos en su vejez, para que ustedes también velen por
nosotros; por favor padres, vengan.
No le respondieron nada, prometieron pensarlo y darle
a conocer su decisión mas adelante.
Celia no intentó presionarlos por el momento,
esperaría a que pasara la Navidad y volvería a insistir. El médico llegó para
auscultar a la paciente, se alegró mucho al encontrarla muy restablecida y le
autorizó a bajar al comedor para cenar en compañía de todos con la condición de
que no cometiera la imprudencia de bailar Mucho. Luego se despidió y prometió
tornar al tercer día para volver a checar su salud. Alentada por el médico,
Celia abandonó el lecho de inmediato y empezó a revisar el guardarropa para
elegir el vestido que llevaría en la noche. Después tomó el monedero y le dió a
Domitila unas monedas con el encargo de que fuera con el sastre para recoger un
traje nuevo que le había mandado a hacer para Ernestico, sería su regalo de cumpleaños, por
que el veinticinco de Diciembre cumplía los once años.
A pesar de que muchas de sus amistades [hacendados,
industriales y políticos] les habían vuelto la espalda en las dificultades,
Celia estaba alegre y trasmitió esa alegría con entusiasmo a los que la
rodeaban. Paco y Ernestico, contagiados por élla participaban sonrientes en el
arreglo de la planta baja de la posada para celebrar la Noche Buena y después
la Navidad. Por primera vez, desde que estaba casada, ninguna invitación para
asistir a baile o evento importante había llegado.
Como ya hemos dicho, eso no le importó, los verdaderos
amigos se reunirían con éllos por la noche y celebrarían juntos a modo de
despedida.
La dama sacó del ropero el mejor traje de Francisco y
pidió a su madre que la ayudara a tenerlo listo para que el caballero lo
luciera por la noche. Hacia el medio día, Francisco volvió satisfecho por haber
liquidado las deudas, sorprendido por encontrar a su esposa en las faenas de la
casa, le riñó por abandonar la cama antes de la cuarentena. Ella logró
tranquilizarlo al informarle que don Octavio la había autorizado. Entonces él
también se contagió del entusiasmo Navideño y junto con Joselito y Lorenzo,
empezó a instalar los tablones que servirían de mesa para el banquete. La
posada tenía un amplio patio central, ahí instalarían el comedor. Sacaron
sillas y se completaron con bancas. Pusieron lámparas de petróleo en las
columnas para iluminar la noche. Las mujeres se harían cargo en el último
momento de la mantelería, los cubiertos y la vajilla.
Después de comer, dieron los últimos toques a la
escena del lugar destinado para el banquete y cada cual se retiró para
completar su arreglo personal.
La habitación de Celia, constaba de un cuarto de baño.
Hizo que Lita y Domitila se bañaran en el, luego las ayudó a peinarse y a
vestirse. Gracias a los consejos de
Alise, su gusto para vestir había mejorado. Los austeros vestidos Victorianos
ya no formaban parte del guardarropa de ninguno de los miembros de su familia.
Cuando Domitila se contempló en el espejo, empezó a llorar mientras besaba las
manos de Celia.
-¡Ay
señito!. Padesco una señoita ricachona,
esto es como un sueño, Lita, pellíscame pa ver si estoy despierta.
-Domitila,
en primer lugar, no me digas señora, -dijo Celia – quedamos en que soy tu
madrina o en todo caso dime madre; en segundo lugar, recuerda que ahora eres
una dama, lo único que te falta es hablar correctamente. Espero que con el
tiempo lo hagas.
-Mamá
nos ha peinado como princesas, -dijo Lita- me gustan los bucles, estamos
réquete bonitas. ¿Verdad que si mamá?.
-Así
es Lita, solo que por favor, no uses la palabra “réquete”; ahora vayan abajo,
procuren no arrugar ni ensuciar sus vestidos. Papá también se tiene que poner
guapo y no podrá hacerlo mientras ustedes permanezcan aquí.
Domitila y Lita se retiraron y fueron a reunirse con
Paco, Ernestico y Mando.
Cuando llegaron con éllos, Ernestico esponjado como un
pavo real presumía su primer traje con pantalones largos, Fastidiando a Mando y
diciéndole que era un ñoño y un boniato, por tener que usar pantalón corto.
Mando hizo una rabieta, Ernestico a sugerencia de Paco lo dejó de molestar. Los
invitados empezaron a llegar, Lorenzo y su esposa Piedad fueron los primeros, don
Hernando y doña Eva estaban listos para recibirlos. Posteriormente llegó
Marcos, don Julio, Joselito y algunos huéspedes se integraron al grupo. Por
último, elegantemente vestidos, hicieron su aparición Celia y Francisco. Los
aperitivos circulaban entre los invitados, una improvisada orquesta formada por
don Hernando en la guitarra, Lorenzo en el tres y Marcos en las percusiones,
alegraba la reunión. Varios de los invitados entonaban una habanera acompañados
por la orquesta, Francisco y Celia no tardaron en unir sus voces al coro.
Después de innumerables interpretaciones don Hernando
anunció que la cena sería servida.
Los cuatro hermanos y Domitila se instalaron juntos en
una mesa especial destinada a los pequeños, eran los asistentes más jóvenes.
Lita había olvidado su enojo contra Paco y Ernestico,
provocado porque no le quisieron contar lo que vieron en su salida clandestina.
Armando se encontraba enojado únicamente con Ernestico, por haberse burlado de
él. Por eso fue que durante la cena, Mando deliberadamente puso un trozo de
chocolate en la silla de su hermano y este tomó asiento sin darse cuenta de
ello. Después de cenar, al levantarse, la abuela vió el culo del pantalón de su
nieto y sorprendida preguntó:
-¡Ernestico!... ¿Qué te ha
ocurrido?. ¿Por qué traes esa mancha en el fambeco?.
-¿Cuál mancha?. Preguntó Ernestico llevándose las manos a la
parte trasera. Sintió lo pegajoso y acto seguido, colocó las manos en la nariz,
después de olerlas, se chupó un dedo y dijo consternado:
-¡Es chocolate!. ¡Nó sé cómo pude
ensuciarme!. ¡Jamás me había ocurrido algo así!.
Ernestico estaba a punto de llorar por haber echado a
perder los pantalones nuevos. Todos lo consolaron y la abuela lo llevó a la
cocina para tratar de limpiarlo. Francisco se dio cuenta de que Mando se
encontraba callado y separado del resto del grupo. Antes de que él lo llamara,
Celia le tomó la delantera:
-Armando... ¿Dónde estás?. Ven a mi
lado, quiero hablar contigo.
El niño bajó la cabeza mientras caminaba hacia su
madre, puso las manos detrás de la espalda y viendo al suelo respondió con una
tierna voz infantil:
-Aquí estoy mamá. ¿Qué deseas de
mi?.
Celia no podía verle la cara, mucho menos los ojos; lo
cogió de la mano y se encaminó con él hacia uno de los sillones de la sala.
Francisco los siguió, mientras madre e hijo se instalaron en el sillón, él
permaneció de pie con los brazos cruzados, frente a ellos. Antes de que lo
interrogaran, el culpable habló:
-Yo fui, sentí envidia, por eso le
puse el chocolate en la silla; pero Ernestico tuvo la culpa, desde que se puso
esos pantalones se anduvo burlando de mí, presumiendo y diciendo que tendría
que usar estos pantaloncillos cortos de guanajo por varios años.
-Eso no justifica tu mala acción
–dijo su padre muy disgustado – deberás pedirle una disculpa a tu hermano y
después de que lo hagas, recibirás un castigo.
-Papá, es Noche Buena. ¿por qué no
dejas el castigo para mañana o pasado mañana?.
-¿Por qué no dejaste tu bromita para
mañana o pasado mañana?. Te hubieras acordado que es Noche Buena.
-Papá tiene razón, haz lo que te
mandó y vuelve para recibir el castigo. Dijo Celia.
Mando hizo lo que le ordenaron, pidió una disculpa a
su hermano. Ernestico sabía que él había provocado a su hermanito, lo perdonó
sin resentimientos y cogiéndolo de la mano, fueron al encuentro de sus padres.
Abogó por Mando, pidiendo ser incluido en el castigo, debido a que él le
provocó mofándose de sus pantaloncillos cortos. Francisco y Celia conmovidos
por la solidaridad de Ernestico, pospusieron el castigo. Los abuelos aprobaron
la resolución y se instalaron en la sala, invitando a Paco, Lita y Domitila;a
que hicieran lo mismo.
Los invitados también entraron en la sala, nuevamente
la orquesta empezó a tocar, esta vez interpretaban villancicos para acunar a un
pequeño niño Dios de barro y colocarlo en un pesebre que se hallaba instalado
en el lugar más importante de la estancia. Los padrinos del niño fueron
Domitila y Joselito. Terminado el arrullo los invitados volvieron al patio
central, retiraron las mesas y principiaron el baile. Joselito invitó a
Domitila, la muchacha no se hizo del rogar. Era el momento de mostrar lo que
sus maestras de danza [doña Eva y Celia] le habían enseñado.
Como por obra de magia, surgieron otros músicos que
acompañados por diversos instrumentos, interpretaron el primer Danzón de la
noche, “Las alturas de Simpson”. Un tres, dos violines, una trompeta, una
tumbadora, pailas, maracas, claves, güiro, calabazo, cencerro, dos
guitarras;todos mezclaron sus ritmos y
acordes.
El matrimonio
Mesa se quedó en la sala, Celia se entristeció al escuchar los arrullos,
recordó la reciente pérdida del niño, Francisco dándose cuenta de ello sentose
a su lado para platicar anécdotas graciosas y distraerla. Don Hernando y su
esposa, también se percataron de la indisposición de su hija y se unieron a las
intenciones del yerno.
A petición de Lita, el abuelo contó un cuento.
-Les voy a contar… Este relato se
llama “EL MISTERIO DE LA CUEVA DE BELÉN”.
Resulta que hace muchos, pero muchos años... Sucedió que en un pequeño
pueblo vivía un pastorcillo de diez años llamado Pablo.
Pablo tenía una pequeña hermanita de siete años
llamada Aned
Todos los días llevaban a sus ovejitas a pastar. Sus
padres eran muy pobres y mientras su
mamá tejía cestas para vender en el mercado de la ciudad su papá trabajaba como
cargador de piedras para la construcción de casas.
Tenían tres ovejas, estas les daban la suficiente lana
para hacer algunos tejidos y protegerse del frío. Además de cuidar de sus ovejitas Pablo y
Aned también cuidaban otro rebaño de un
vecino mas afortunado que ellos pues éste contaba con unas veinte.
Pablo tocaba su flauta para apaciguar el rebaño y su
hermanita cantaba y jugaba entre las ovejas. Así transcurrían los días.
Don Hernando hizo una pausa para beber el jerez que le
estaba aguardando en una mesita junto al sillón donde se encontraba sentado.
Mando aprovechó la pausa y se aproximó al abuelo para que este lo sentara sobre
sus rodillas. Lita le había ganado las piernas de su madre. Paco y Ernestico se
encontraban sentados en un sofá al lado de la abuela. El narrador se aclaró la
garganta y continuó el relato:
-Cierto día el Emperador de aquellas
tierras decidió contar cuánta gente vivía bajo su imperio. Entonces quiso que
cada jefe de familia regresara a su lugar de origen y dijera quien era y cuanta
gente pertenecía a su familia.
Nuestros amigos no tuvieron problema alguno pues su
padre había nacido ahí.
Pronto mucha gente empezó a llegar de todas partes a
este lugar, unos venían en grandes elefantes, otros en camellos, otros en
caballos, mulas, burros; pero la mayoría venía caminando.
Principiaba el tiempo de frío y el pueblo cada día se
encontraba mas lleno, en todas las casas había peregrinos que venían de
diversas partes del gran imperio.
La vivienda de Pablo Y Aned pronto se vio visitada por unos parientes que
habían tenido que caminar por muchos días, porque eran igual de pobres y no
contaron con otro medio de transporte que no fueran sus pies.
La familia acogió con gusto a sus parientes
peregrinos, pero les preocupaba un poco
no poder darles mayor comodidad, ya que su casa era muy modesta, la
comida no era suficiente a veces para
cuatro y ahora serían nueve.
-Abuelo, -dijo Lita- nosotros somos
nueve, me gusta que vivamos juntos, quisiera que siempre fuera así. ¿Por qué no vivimos juntos para siempre?.
-Veremos hijita, ahora guarda
silencio, no interrumpas a tu abuelo.
Le respondió Celia acariciándole la cabeza, don Hernando prosiguió:
-El matrimonio visitante tenía tres
hijos pequeños; Raúl de la edad de Pablo, Mónica de la edad de Aned y Carlos el
más chiquito, apenas de cuatro años.
Pronto los niños se hicieron buenos amigos y salían
juntos a cuidar de las ovejitas.
Entre juegos y canciones pasaban los días de los cinco
pequeños, pero, también tenían que cumplir con sus labores domésticas, tales
como: lavar los platos de la comida, barrer la casa, tender las camas,
etcétera.
Mientras los niños hacían esto, ambos matrimonios
salían muy temprano a buscar el sustento de cada día.
Una mañana fría
se levantaron todos temprano, dieron gracias a Dios, tomaron sus alimentos y al
terminar el desayuno, sus padres se despidieron para ir a trabajar pidiéndoles
que no bajaran tarde de la montaña por que esa sería la noche más larga del año y haría mucho frío.
Su papá pidió a Pablo en especial, que volvieran a
casa antes de que el sol se ocultara.
Cuando se quedaron solos, se apresuraron para terminar
con sus tareas domésticas y las hicieron con mucho gusto; después se
abrigaron muy bien y fueron hacia los
corrales para sacar a las ovejas de su vecino y luego a las suyas y así se
dirigieron hacia la montaña para llevarlas a pastar.
A su paso por las laderas del monte los cinco pequeños
se dieron cuenta de que los animales silvestres estaban inquietos en espera de
algo grandioso. Todos ellos, incluso su propio rebaño, estaban alegres y
cariñosos.
Llegaron por fin al lugar donde pastaban sus ovejas, como siempre, Pablo sacó
una flauta de la bolsa de pastor y
sentándose en una piedra se puso a tocar una dulce melodía. Aned, Mónica, Raúl
y Carlos, se tomaron de las manos y entonaron una canción.
Al atardecer, colocaron los alimentos que llevaban en
sus zurrones sobre una piedra plana que semejaba una mesa y sentándose al derredor dieron gracias a Dios antes de
comerlos.
-Abuelo, -esta vez fue Mando quien
interrumpió- ¿No se lavaron las manos antes de comer?.
-¡Claro que sí!. Perdonen ustedes, se me había olvidado.
Por segunda ocasión tomó el jerez y le dio otro
traguito antes de continuar.
-Después de comer Carlitos se quedó
dormido, pero los demás niños notaron que algo raro pasaba en la montaña, allá a lo lejos se podía ver una gran cueva,
ésta servía de establo a todos aquellos que se encontraban en la montaña y cuando
había una tormenta o ventisca, los pastores protegían a sus rebaños ahí.
Los niños se sintieron atraídos por el lugar, ese día
parecía especial, observaron que muchos animalitos que los habían acompañado
por el camino se dirigían hacia allá.
De la entrada de la cueva salía un raro resplandor.
Raúl dijo a los demás: - vayamos a ver de que se
trata. Pero Aned le replicó - si vamos
se nos hará tarde para volver a casa.
Mónica sugirió. - ¿Por qué no vamos dos mientras los
otros tres se dirigen a casa con las ovejas y luego nos reuniremos todos?.
-¡ Claro! Si vamos dos caminaremos más rápido y nos
dará tiempo de alcanzarlos antes de que lleguen a casa con el rebaño. Dijo
nuevamente Raúl.
Pablo que era un niño muy responsable dijo: - De ninguna manera; ante todo, nosotros
debemos obedecer, tenemos que regresar temprano a casa porque así nos lo pidió
papá. Sin dar tiempo a que nadie dijera una palabra más agregó: - es mas,
despertemos a Carlos, guardemos nuestras cosas y pongámonos en marcha para
bajar de la montaña.
Raúl, Aned y Mónica replicaron un poco, pero
terminaron por obedecer, pues en el fondo de sus corazones sabían que Pablo
tenía razón.
Todos iban muy callados, todos tenían curiosidad por
ir hasta la cueva y ver que pasaba en ese lugar, hasta el mismo Pablo; pero
antes que nada eran niños obedientes y harían lo que sus papás mandaron.
Apenas llevaban poco tiempo caminando cuando Aned se
percató de que el pequeño Carlos no venía con ellos y entonces muy alarmada le
dijo a los demás: - ¡ falta Carlitos!.
¡Se ha de haber quedado donde estábamos!. ¡ Tendremos que regresar por él!.
Raúl dijo. -No
debemos separarnos, pronto oscurecerá.
-Regresaremos por él, llevaremos el
rebaño con nosotros, agregó Pablo.
Mientras tanto, Carlitos al darse cuenta de que se
encontraba solo sintió mucho miedo y se puso a llorar, cuando se calmó un poco
pudo ver que un conejito moviendo sus orejas lo miraba fijamente como si
quisiera decirle algo. El conejo dio
media vuelta y empezó a caminar, el niño sintió un impulso, como si alguien con
voz muy dulce le dijera : - síguelo.
Sin saberlo Carlitos se dirigía hacia la misteriosa
cueva.
-Abuelo... ¿Esa cueva era
peligrosa?. Preguntó Lita con
curiosidad.
-Escucha el cuento con atención y lo
sabrás. Respondió don Hernando
echándose otro traguito de jerez. Luego siguió diciendo:
-Cuando sus hermanos y primos
volvieron al sitio donde pensaban encontrar a Carlos, se entristecieron mucho
por que él ya no estaba.
No sabían que hacer, ni en dónde buscarlo, pero el
rebaño empezó a caminar hacia la misteriosa cueva y los niños al no poderlo
detener tuvieron que seguirlo.
Conforme Carlitos se aproximaba a la cueva, su temor
iba desapareciendo y una gran calma interior mezclada con una rara alegría lo
inundaba.
Por fin se vio ante la entrada de la cueva y un
muchacho muy apuesto y alto le dijo… - No temas, siéntate un momento y
descansa, pronto llegarán tus primos y hermanos.
La voz de aquel muchacho era muy hermosa y además
había otros; ellos tenían grandes alas y todos cantaban …
-Gloria a Dios.
-¡Eran Ángeles!. – Exclamó Mando entusiasmado - ¿Verdad que
sí abuelo?.
-Así es, ahora pongan mucha
atención, viene lo mejor. Les dijo el
abuelo y se terminó su copa de jerez antes de proseguir:
-Pablo y los demás tuvieron la misma
sensación que Carlos mientras se dirigían hacia la cueva.
Cuando estuvieron todos reunidos no entendían lo que
pasaba a su derredor. Había un coro de Ángeles cantando y Glorificando a Dios,
hasta el cielo estaba mas bello que nunca, una enorme estrella destacaba de
entre las demás, parecía estar suspendida para iluminar aquél lugar.
Ya era de noche, no podrían ir a casa y decidieron
quedarse, así que encendieron una fogata para calentarse un poco y poder pasar
la noche.
De pronto del interior de la cueva se escuchó el
llanto de un recién nacido y los coros angelicales proclamaron…
-¡Ya nació, nació Jesús!.
Los niños quedaron atónitos y se preguntaban quién
sería ese tal Jesús.
De la cueva salió un hombre muy sencillo y les dijo…
-Ha
nacido el Emmanuel, vengan niños, entren, vengan a conocerlo.
Cuando entraron pudieron ver a un niñito muy pequeñito
envuelto en pobres pañales y puesto sobre las pajas de un pesebre, a su lado
estaba una bella mujer, seguramente la mamá. Una mulita y un buey le daban
calor y un Ángel enorme protegía a todos.
Había mucha luz pero no se veían antorchas ni fogatas.
Nuestros cinco amiguitos se sintieron immensamente
atraídos por aquel pequeño, sentían que lo amaban aún cuando no sabían nada de
él, estaban muy a gusto con aquella humilde familia, tenían gran dicha y paz en sus corazones.
Los niños desearon con todo su corazón que sus padres
estuvieran ahí para compartir con ellos
aquél extraordinario encuentro.
Pero los papás y mamás de nuestros amiguitos ya se
encontraban en camino porque al llegar a casa y darse cuenta de que sus hijos
no habían regresado se preocuparon y salieron en su búsqueda junto con otros
vecinos y pastores.
Poco a poco, todos fueron llegando hasta la cueva, los
papás de nuestros pastorcillos también llegaron. Al contemplar al pequeñito del pesebre
sentían variadas emociones, como alegría, paz, amor.
Por los coros angélicos, por la luz de la estrella,
por la fascinación inexplicable de lo acontecido muchas personas fueron
llegando y se postraron ante aquel niño Jesús para alabarlo y bendecirlo.
Después poco a poco todos fueron regresando a sus
casas llenos de la dulce paz y dicha que el encuentro con el pequeño de la
cueva les había otorgado.
Todos aquellos que en esa noche fueron testigos de la llegada del
Emanuel jamás lo olvidaron. Recordar su
nacimiento, vivirlo, encontrarnos con Él, siempre nos ha de llenar de dicha,
amor y paz.
Los padres de Pablo, Aned, Raúl, Mónica y Carlos,
envejecieron. Sus hijos tuvieron hijos
y nietos,sus nietos tuvieron hijos y
nietos, y todos hasta hoy en nuestros días han tenido su encuentro con Jesús,
el pequeño niño del pesebre.
Esto es tan cierto como que yo soy yo y tú eres
tú. Bueno, el cuento ha terminado. Creo que es hora de que este caballerito que
tengo sobre mis rodillas se retire a su habitación. Concluyó el abuelo.
Lita, abandonó el regazo de su madre y fue hacia don
Hernando para darle las gracias con un beso. Medio adormilados, por la hora y
el relato, dieron las buenas noches, echaron una mirada al cesto que se
encontraba al pie del pesebre para ver si los regalos de Navidad ya se
encontraban en él, se desilusionaron al comprobar que aún estaba vacío;
repartieron besos a la abuela y a su papá,después se retiraron a dormir acompañados por su
madre. Ernestico y Paco, tenían permiso para permanecer un rato más en la
fiesta del patio. Junto con doña Eva y don Hernando, se integraron al jolgorio
para echar una alpargata antes de irse a dormir.
Francisco, se quedó a solas en la sala unos minutos
más, luego salió y cerró muy bien la puerta antes de irse a reunir con Celia y
los dos pequeños.
Al comprobar que Mando dormía profundamente, se
dirigió a la habitación de Lita. Celia le cepillaba el cabello para desvanecer
los bucles y la niña protestaba. Dejó la palmatoria con la vela encendida sobre
la mesa de noche y animó a Lita para que se dejara cepillar, recordándole que a
la mañana siguiente le esperaban sus regalos de Navidad si dejaba de protestar.
Convencida ante las palabras de su padre, cooperó y pronto estuvo en la cama
durmiendo al igual que su hermano menor.
El caballero cogió denuevo la palmatoria y de la mano
de su esposa bajó al patio para unirse a la fiesta . Como élla supuestamente no
debía bailar, se quedaron sentados disfrutando de la música y del espectáculo
que daban los danzantes. Francisco le describía todo lo que ocurría en torno a
éllos. Luego la dama lo interrumpió:
-Querido, no compré nada para los
chicos, te dí todos los ahorros que tenía. Apuradamente pude pagar el traje
nuevo de Ernestico, mi madre, hizo unos moños para dárselos a Lita y Domitila,
mi padre compró un caballo de madera para Mando, a Paco y Ernestico les dará un
monedero de bolsillo que mi madre confeccionó con una gamuza que le trajo. Será
su primera Navidad sin juguetes y casi sin regalos. En nuestros tiempos no se
daban regalos, nosotros hemos acostumbrado a nuestros hijos de diferente
manera, Pobrecitos, mañana sufrirán un desencanto.
-No te preocupes, estoy seguro que
el Niño Jesús se acordará de nosotros y llenará nuestra canasta. ¿Acaso no
confías en él?.
-Querido, no hagas bromas, esto es
serio. ¿Qué vamos a decirles?. ¿Que se portaron mal y por eso no hay regalos?.
-Eso estaría bien para Mando. – dijo
Francisco riendo – Sería buena idea esconder sus regalos para que los busque
por toda la posada.
-¡Francisco!. ¡Nó seas cruel!.
-Oye chica, solo es una idea, no lo
estoy haciendo. Además, recuerda, no hay regalos que esconder, solamente el
caballito de madera y sería dificultoso hacerlo, si como me imagino es de esos
de balancín que miden como un metro de alto y metro y medio de largo.
Mientras platicaban, los músicos seguían interpretando
danzones, sones, guajiras, guarachas, pregones, sones montunos, guaguancós,
rumbas y boleros.
-Oye chico, déjame echar una
alpargata, escucha, están interpretando un bolero, es un ritmo lento. ¿Lo
bailamos?. Deja de estar bebiendo ron y baila conmigo.
-Está bien, bailaremos solamente
este bolero, no creo que te haga daño. La cogió del brazo y se encaminaron
hacia el centro del patio en donde se encontraban las parejas bailando.
Cuando estaban bailando, como era costumbre, Francisco
fijó su mirada en los ojos de élla para expresarle sus sentimientos. Al no ser
correspondido, suspiró y le dijo:
-Mi mamirriqui, me he enterado de un
Yoruba que vive en Matanzas, me gustaría que lo fuéramos a visitar antes de
irnos de la Isla, quizás él pueda hacer algo por ti.
Celia arqueó las cejas, se esforzó por distinguir el
rostro del caballero antes de responder. La mala iluminación contribuyó para
que no distinguiera más allá de una obscura silueta. Frunció el ceño disgustada
y dejando de bailar, respondió:
-Déjame en paz, sabes que no me
gustan esas cosas, ya me han visto muchos médicos. ¿Es que siempre vas a estar
con lo mismo?. ¿Te crees que yo no me desespero?. Cada vez que haces que un
doctor, un chamán, un santero, o cualquier otro curandero; me someta a sus
tratamientos me hago falsas ilusiones, al igual que tú y los chicos.
Posteriormente vienen los desengaños y todos sufrimos. Dejémonos de tonteras,
sigamos adelante con nuestra vida.
-Está bien mujer, no te enojes,
simplemente era una sugerencia.
-Motivada porque no devolví tus
miraditas ardientes. ¿Verdad que sí?.
-¿Cómo lo sabes?. Preguntó el
caballero asombrado.
-Porque lo sentí, no necesito verte
para saber lo mucho que me amas, lo sentí en el contacto de tus manos, hasta en
tu transpiración. Tú eres el ciego, ni siquiera te diste cuenta que me hisiste
estremecer de tal manera que hasta las piernas me flaquearon. ¿Sabes una cosa?.
No quiero bailar, por favor, llévame a sentar. ¡Eres un guanajo!.
Francisco perplejo la contempló por unos instantes, se
dio cuenta de que Celia se había sonrojado y sonrió diciento:
-Querías echar una alpargata, pues
ahora vas a bailar. Sé que no te atreverás a desafiarme en público y mucho
menos delante de nuestros hijos y de tus padres. Compórtate, disimula y sonríe.
No te dejaré sentar hasta que se te baje el coraje.
La señora apaciguó su enfado, dejándose llevar ligera
y dócil al ritmo de la música.
Cuando el bolero concluyó, él le rodeó la cintura con
un brazo y aproximando sus labios a la oreja de élla, le dijo:
-Querida, mi mamirriqui, perdóname
soy un bruto; pero si de algo debes estar plenamente segura es de que te amo.
Sí, te amo mucho y... ¿Sabes algo más?... tengo ganas de hacerte el amor, ¿me
das tu permiso?. Despidámonos de toda esta gente.
¿Verdad que ya no estás enfadada conmigo?. ¿Me has perdonado?. Estoy arrepentido, si me dejas, te lo
demostraré en nuestra alcoba.
Celia le dirigió una dulce sonrisa mientras sus
mejillas tomaban nuevamente ese color que a él tanto le gustaba. Satisfecho por
la muda respuesta, le dio un suave mordisco en la oreja, aspirando al mismo
tiempo el perfume que emanaba de los ensortijados cabellos de la dama, que
caían libres sobre sus hombros y espalda, adornados por dos rosas colocadas
detrás de la oreja derecha. Se dieron prisa para despedirse, recomendando que
Ernestico, Paco y Domitila hicieran lo mismo en breve. Como novios fugitivos
subieron las escaleras, recorrieron el pasillo que conducía a la habitación, al
llegar se encerraron en ella, poniendo todos los cerrojos y hasta un sillón
para atrancar mejor la puerta; por último, cuando Francisco apagó la vela,
dieron rienda suelta a sus demostraciones amorosas.
Los últimos invitados se retiraron con el canto del
gallo al amanecer. Don Hernando, al igual que los demás músicos estaba tocando
la guitarra. A pesar de que todos estaban bien entufados, la orquesta tocó con
ritmo y sabor hasta el último momento alegrando la reunión.
-Hernando, -dijo doña Eva- será
mejor que te destufes antes de que los nietos te vean así. Vamos, Joselito me
ayudará a darte un buen baño para bajarte la borrachera.
-Mujer, si yo no estoy borracho,
jip, jip, estoy alegre, jip, jip, eso es todo.
-Está bien, solo báñate para que se
te quite el hipo.
Se apuraron para llevar a don Hernando al cuarto de
baño. Mientras tanto... Unos golpes sonaban en la puerta de la recámara de
Celia y Francisco:
-Mamá, papá, ya es Navidad –decía
Lita - ¿Podemos ver los regalos?.
-¿Vendrán con nosotros a la sala?.
–agregó Mando – Paco, Ernestico y Domitila, también los están esperando.
Celia se incorporó de inmediato, sacudió a Francisco
para despertarlo y salió del lecho para buscar por toda la habitación su
camisón y el salto de cama. Todas sus ropas y las de Francisco, se encontraban
esparcidas por el cuarto, él todavía medio dormido se levantó para
ayudarla.
Apresuradamente se vistieron y mientras él quitaba los
cerrojos a la puerta, élla cogió un cepillo para alisarse el cabello.
-Vamos, esperen un momento,
bajaremos juntos a la sala, veremos que nos ha dejado el Niñito Jesús en la
canasta, ven querida, no hagas esperar a los niños.
Cuando Francisco se le aproximó, élla le pasó el
cepillo por la cabeza y le acomodó el cabello revuelto. Luego todos bajaron corriendo en dirección a
la sala.
-¡Un caballo!. ¡Una pelota!.
¡Soldados de plomo, ropa nueva, tambor, corneta, canicas, trompo!. Gritó Mando emocionado.
-¡Tres muñecas de trapo con cara,
manos y pies de porcelana!. ¡Abren y
cierran los ojos!. ¡Una casita con todos sus muebles!. ¡Tiene sus muñequitos!.
¡Ah, ropa nueva!. ¡Qué bonitos moños! Exclamó Lita.
Paco y Ernestico se miraron asombrados, mientras uno y
otro murmuraban:
-Monedero, portafolio, ropa, libros,
reloj. Es demasiado.
-Portafolio, monedero, chocolates,
ropa, reloj de oro, sombrero. ¿Cómo es posible?.
-Ay señor, madrina, hasta pa mi hubo
regalos. Moños, enaguas, vestidos, zapatos, sombrero, pulsera. ¡Ay!. ¡Qué
buenos son astedes conmigo!.
-Domitila, nosotros no, recuerda, el
Niño Jesús es quién te ha dejado estos regalos.
–dijo Francisco y luego agregó:
-Querida, a ti también te ha dejado
esto, creo que es un collar de esmeraldas con sus aretes, todavía hay más; por
aquí tenemos otro envoltorio que dice Hernando y otro que dice Eva, uy, este
dice José Luis. ¡Ah!. ¡Este dice Francisco!. ¿Quién lo ha puesto?.
-Papá... ¿Quién va a ser?. Tú bien
sabes que ha sido Jesús. Afirmó Lita con naturalidad.
El caballero disimuló su sorpresa, él no había
incluido este último regalo. El asombro fue mayor cuando lo abrió y vió lo que
era.
Desconcertado, intrigado, admirado, el caballero
murmuró entre dientes:
-No puede ser, no es posible.
¿Fueron ustedes?.
Dirigió una mirada interrogadora a don Hernando y doña
Eva, mostrándoles lo que había recibido de regalo.
Los suegros observaron detenidamente el envoltorio y
luego las cosas que se ocultaban dentro de él. Quedaron tán sorprendidos como
el mismo Francisco y negaron rotundamente ser los autores de semejante proeza.
Domitila, Mando, Lita, Paco y Ernestico; no se dieron cuenta de la sorpresa de
su padre y abuelos por el regalo anónimo. Celia notó que algo raro ocurría, no
dijo nada hasta que se encontraron a solas en su habitación:
-Querido... ¿ Qué sucede?. ¿Qué te han regalado?.
-Ay mujer, te voy a contar. Vendí a
un joyero el reloj de oro que fue de mi padre y el medallón con cadena que
heredé de mi madre.
-¿Porqué hiciste eso?. ¿Lo hiciste
para comprar nuestros regalos?.
-No, lo hice porque necesitaba más
dinero, hay que pensar en las nuevas inversiones. Tengo que invertir en nuevas
mercancías para seguir haciendo comercio y transportarlas en los barcos que nos
quedan. No sabía que tú me darías el dinero del cofrecito, cuando me lo diste
ya me había deshecho de mis recuerdos familiares.
-¿De ahí obtuviste el dinero para
adquirir nuestros obsequios?.
-Sí, pero también vendí los
caballos, la volanta y el carruaje.
-Sigo sin entender... ¿Qué es lo
tuyo?. ¿Qué tiene que ver esto con tu regalo de Navidad?.
-Que he recibido como regalo de
Navidad el medallón con su cadena y el reloj con una nueva leontina, más gruesa
que la que tenía. Tus padres niegan ser los autores del regalo, no entiendo.
¿Quién puede ser la persona que hizo tal cosa?. Por un momento pensé que habías
sido tú, luego me desengañé, me entregaste todos tus ahorros, las prendas y ni
siquiera sabías que yo vendí mis recuerdos de familia.
-¿Quién estaba enterado de ello?.
¿Se lo confiaste a alguien?.
-Sí, a tus padres y a don Julio.
Pero tus padres están tán asombrados como yo y estoy seguro que don Julio no
pudo rescatar estas cosas porque él tiene todo su capital invertido al igual
que Porfirio y Jorge, en las
representaciones navieras. Como te puedes dar cuenta, todavía tenemos mucho en
inversiones y nada en efectivo. No estamos arruinados y sin embargo, apenas si
contamos con unos cuantos pesos en el monedero. Volviendo al asunto de este
regalo anónimo. ¿Quién habrá sido el autor?.
-No te preocupes, se ve que esa
persona o personas te quieren mucho. Tarde o temprano, conoceremos el origen de
esta muestra de amor. Ahora, por favor, ayúdame a ordenar esta habitación, me
daría vergüenza de que la vieran así. Nuestra ropa está esparcida por todas
partes y no encuentro por ningún lado las bragas que traíamos anoche. ¿Tú no
las has visto?. ¿Me las puedes dar?.
Francisco se aclaró la garganta y se rascó la
recortada patilla antes de responder:
-Mi mamirriqui, si no me lo
recuerdas, jamás ibas a encontrar nuestras bragas. ¿Sabes porqué?.
-¡Francisco!. ¿Qué hiciste con
ellas?.
-Tranquilízate chica, están aquí,
solo que será un poquito difícil recuperarlas. Verás, con la euforia que
traíamos, las aventé hacia arriba y quedaron colgadas en la moldura del techo.
¿Recuerdas que hay dos Angelitos en el techo?.
Pues uno de ellos tiene nuestras bragas en la cabeza.
-¡Francisco!. ¡Eso es terrible!.
¡Quítalas inmediatamente de ahí!. ¡Bájalas antes de que alguien las vea!.
-Oye chica, acuérdate que estos
techos tienen cuatro metros y medio de altura, no será fácil bajarlas, tendré
que traer una palanca de las que usa tu madre para la ropa, si me ven
seguramente preguntarán para qué la quiero.
-Hay que bajarlas a como dé lugar,
no permitiré que nadie entre a este cuarto hasta que las hayas quitado de ahí.
-Está bien, dime... ¿Qué debo
hacer?. ¿Quieres que mueva el ropero y me suba en él?.
-¡Nó!... ¡Estás muy gordo y no te
aguantará!.
-¿Gordo?... ¿Me has llamado
gordo?... ¿Escuché bien?.
-Perdóname chico, quise decir que
como estás tán alto y robusto, el ropero no te aguantará.
-Así está mejor, te perdono. ¿Muevo
el ropero?.
-¡Claro que nó!. No quiero quedarme
viuda a causa de unas bragas sucias.
-Qué... ¿Las vamos a dejar ahí?.
-¡No seas guanajo!. ¡Cómo crees que
vamos a hacer eso!. Te subirás en uno de los sillones y con mi bastón tratarás
de bajarlas. Será mejor que lo hagas, de lo contrario seré yo la que me suba al
ropero para bajarlas. Anda, apúrate por favor.
El caballero hizo lo que su esposa le indicó, logrando
un éxito rotundo en la empreza. Le entregó las bragas a la dama esperando la
recompensa a su hazaña, se sintió defraudado cuando Celia se apresuró a juntar
el trofeo con la ropa sucia y mandarlo a bañar.
Una hora más tarde todos se reunieron para encaminarse
hacia la plaza central, específicamente iban a la Iglesia, para participar en
la primera misa del día y dar gracias. un suntuoso carruaje de alquiler los
esperaba en la puerta principal de la posada. El cochero no quiso dar a conocer
el nombre de la persona que había pagado sus servicios. Mientras los abuelos,
Mando, Lita y sus padres se trasladaban en el carruaje, Joselito, Domitila,
Ernestico y Paco lo hacían en la modesta carreta de don Hernando. A pesar de la
temprana hora la Iglesia estaba llena, las mejores familias de la Habana
ocupaban los lugares más próximos al presbiterio. Francisco junto con su
familia ocupó el lugar de costumbre entre hacendados, industriales y políticos.
Su llegada levantó disimulados murmullos, una que otra mirada burlona, falsos
saludos realizados mediante un ligero movimiento de cabeza y hasta algunas
tosesitas. Francisco no dió importancia a nada de esto, estaba feliz, tenía una
familia que lo amaba y a la que él también amaba, poseía amigos fieles y
nobles, en especial dió gracias por el amigo que secretamente le estaba
ayudando.
La ceremonia dió inicio y las voces de ricos y pobres
se unieron en un mal latín para alabar al Señor. Cuando la misa hubo terminado,
salieron al atrio para dar y recibir las obligadas felicitaciones Navideñas.
Pocas fueron las personas que intercambiaron con éllos alguna palabra, el carruaje
los esperaba y nada los retenía en aquel lugar.
El resto del día lo dedicaron a disfrutar en familia,
Celia y Francisco aprovecharon la ocasión para comunicarles a sus hijos que se
irían a vivir a otro País. Lita y Mando se alegraron con la novedad, Paco y
Ernestico sabían la causa de la migración, además ellos ya se habían hecho a la
idea de estudiar en el extranjero. Los abuelos estuvieron reflexivos, mientras
todos parloteaban con respecto al próximo viaje.
Así fue como la tarde llegó a su fin. Antes de irse a
la cama Mando le habló a don Hernando y cogiéndole la mano, con mucho cariño le
dijo:
-Abuelo, me gustan mucho tus
cuentos. ¿Por qué no cuentas uno antes de que nos vayamos a la cama?.
-Hoy no hijo, otro día les contaré
un cuento sobre la creación del hombre.
-Abuelo, -dijo Lita- eso significa
que... ¡Vendrán con nosotros a Nueva Orleáns!.
Antes de que el abuelo pudiera responder, los niños lo
abrazaron con entusiasmo y como él estaba sentado, le dieron múltiples besos en
las mejillas, dando por hecho que sus abuelos viajarían con ellos. Don Hernando conmovido no se atrevió a
desengañarlos. La abuela se encontraba presente y miró a su marido esperando en
vano que dijese algo al respecto.
Cuando los niños se marcharon, don Hernando se encogió
de hombros y murmuró entre dientes:
-Ya veremos, ya veremos.
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