<BGSOUND SRC="musica.mid" LOOP="INFINITE"> TE VOY A CONTAR

 

TE VOY A CONTAR.

 

LA DAMA, FORTUNA DEL CABALLERO.

 

LIBRO II.

 

Escrito por: Irma Gpe. Vela Meza.

 

Julio 2004

 

 

CAPÍTULO II.

 

PERDIDOS A MITAD DEL CAMINO.

 

Viajaban en un carruaje con dirección a la capital del Estado de Yucatán, Mérida.   Marcos se instaló en el pescante junto al cochero.   En el interior iban los Mesa, Mando estaba sentado en medio de Ernestico y Paco.    Frente a éllos, se hallaban Lita y Francisco con Celia al centro.

Paco se dirigió a su padre:

 

-Papá   ¿Nos llevarás a las pirámides de los Mayas?.

 

-Esa es mi intención.   Su madre y yo, hemos esperado muchos años para realizar este viaje, sabemos que es peligroso, son lugares remotos, poco explorados, pero mi amigo el arqueólogo, me recomendó a un estupendo guía que nos espera en Mérida.   Iremos mañana a reunirnos con él.

 

Cuando el caballero terminó de hablar, Ernestico dijo:

 

-Cuéntanos algo sobre los lugares que visitaremos.

 

-Sí papá, cuéntanos sobre los Mayas.   Insistió Lita.

 

Mando no abrió la boca, estaba preocupado por el asunto del carbón y de la caldera.   ¿Quién lo hizo?...

Nadie le dió importancia al silencio del niño.   Francisco empezó a contarles:

 

-Hace muchos años, antes de la llegada de los españoles a estas tierras, existía una civilización que tenía varias ciudades.

Su capital se llamaba Tical, tenía relación cultural y religiosa con los demás pueblos vecinos.   Otras ciudades fueron Palenque, Copal, Chichén Itzá, Mazapán, Tulún, Cobá, Kohunlich, Aktun-Chen, Uxmal, Bonanpá.

 

Un día llegó de tierra del centro un hombre a quién consideraron como un Dios por su gran sabiduría; lo llamaron Kukulcán.

 

Este hombre como ya les dije, venía de otra ciudad desconocida para los mayas.   Allá en su tierra se llamaba Quetzalcóatl  y fue un rey Tolteca, su historia es la siguiente:

 

Los niños escuchaban a su padre con gran atención, Celia había recostado la cabeza sobre el hombro de él, estaba muy triste, de vez en cuando miraba a Mando y el niño le rehuía la mirada.

 

-De los reyes Toltecas el de más prestigio fue Quetzalcóatl, se cree que nació en el año de 843 de nuestra Era.   Su padre era un caudillo llamado Miscohuatl, que irrumpió con osados escuadrones en el altiplano procedente de Xalixco, estableciéndose en  Colhuacán, llegando hasta la región de Cuernavaca y Tepoztlán.   Conoció a una doncella llamada Chimalma con quién se unió y la pareja

tuvo un hijo que se llamó  Cé-Acatl, quién desde su niñez fue criado en Tepoztlán por sus abuelos maternos, porque su madre murió de parto.

 

Como ya dije, se crió con sus abuelos y la mencionada población pertenecía al área cultural de Xochicalco, que era de influencia teotihuacana,por lo cual tuvo oportunidad de asimilar grandes conocimientos relacionados con la religión, el arte y las artesanías.

 

Cuando aún todavía era un jovencito, su padre fue asesinado y algunos hombres fieles al rey quisieron que su hijo ocupara el trono de Colhuacán.   Los opositores no le permitieron reinar y en 873 los Toltecas ganaron por fin el trono para él.   Al entronizarlo como rey fue nombrado Topiltzin (nuestro príncipe) y luego él recordando las tradiciones mitológicas y religiosas de Teotihuacan agregó el nombre de Quetzalcóatl, por lo que

su nombre fue Ce-Acatl Topiltzin Quetzalcóatl, quien inculcó a los toltecas muchas importantes tradiciones mitológicas y les enseñó lo relacionado con las

artes y artesanías del gran centro  religioso-artesanal de Teotihuacan.

 

Debido a eso, la ciudad de Tula floreció en forma impresionante y sus moradores

fueron reconocidos en el Anáhuac , Yucatán y parte de Centro América como grandes artífices y artesanos, a tal grado que refiere el historiador Francisco Javier Clavijero, que en años posteriores a las personas de gran iniciativa que destacaban se les llamó Toltecas en diversas regiones de Anáhuac.

 

El reino de Tollan bajo

el mandato de Quetzalcóatl tuvo una etapa de paz, pero luego fue arrasado en forma cruenta por un gran ejército comandado por dos reyes de Xalixco, el

ejército tolteca fue  derrotado y la ciudad de Tollan sometida a un terrible saqueo; al cabo de cierto tiempo regresó Quetzalcóatl y muchos toltecas que se

habían diseminado por distintos rumbos de la región.

 

Poco después llegaron tres hechiceros que trataron de inducir a Quetzalcóatl, para que hiciera sacrificios humanos. Como los ignoró le ofrecieron una comida en la cual lo sedujeron para que tomara cinco tazas de pulque, con las que se embriagó al igual que sus pajes y cometió actos deshonestos.  Avergonzado, se marchó a Tollán rumbo al sureste, a la región de los mayas en donde murió en 895; la crónica expresa, que él mismo se prendió fuego cuando salió de Tollán.

 

Bueno chicos, esto es lo que sé con respecto a Quetzalcóatl también llamado Kukulcán, dios Maya que significa serpiente con plumas.

 

Pasaron varias horas, los niños tenían hambre, no habían comido desde que salieron del barco.   Aún se encontraban lejos de su destino y amenazaba tormenta.

 

Celia se percató de que tenían mucho tiempo de haber pasado por el último pueblo, el camino que recorrían estaba solitario, no habían encontrado a ningún otro viajero en la carretera  [si es que se le podía llamar así porque era tan irregular, que a duras penas los caballos remolcaban el carro ].

 

-Francisco, dile al cochero que nos detengamos en el poblado mas cercano, los niños deben comer.   También quiero que bajen del carruaje a echar un pie para que se desentuman pues han estado  sentados mucho rato.

 

El caballero, sacando la cabeza por la ventana dio indicaciones al cochero.   El hombre se había alejado de los pueblos para cortar camino por un atajo, al principio le metió miedo al susto, luego disminuyó la marcha porque se dió cuenta de que estaba perdido y no se atrevía a decirlo. Como Marcos y Francisco desconocían el lugar, no se dieron cuenta.

 

Pronto la tormenta cayó sobre éllos y los envolvió; Al ver el primer relámpago y escuchar el respectivo trueno, los niños se estremecieron.   Lita, se apretujó contra su madre, quien de inmediato la abrazó.   Armando hubiera querido hacer lo mismo, en cambio, se hundió en el asiento y cerró los ojos.

 

La carretera se hizo lodosa y la marcha fue más lenta.   La noche los alcanzó en un paraje solitario, por si fuera poco, el carruaje se había atascado en el lodazal.   Marcos y Francisco se esforzaban por liberar las dos ruedas traseras que cada vez se hundían más.   La lluvia era incesante, ambos hombres se encontraban muy mojados.   De repente un rayo derribó un gran árbol que vino a caer sobre el pescante del carruaje, aplastando de inmediato al pobre cochero y a los caballos.

 

El techo del coche se hundió con el peso del árbol, fué un milagro que Celia y los niños no hubieran muerto también.   Las ramas del árbol impedían abrir una de las puertas del carruaje, la otra se trabó al descuadrarse el marco.   Mando y Lita empezaron a llorar, Celia atrajo a todos junto a ella y trató de consolarlos.

 

Desde adentro, Paco intentaba ayudar a su padre y al gigante a abrir las puertas trabadas.   El tronco del árbol estaba ardiendo, si no salían morirían quemados.

 

-¡Retírense de la puerta!.   ¡Vamos a golpearla con este tronco para romperla!.   Les gritó Francisco desesperado.

 

Entre Marcos y el caballero levantaron un tronco seco y lo utilizaron como ariete para romper la puerta.

 

Marcos sostenía a Ernestico y Paco,  mientras Francisco terminaba de sacar a Lita y Mando.   El gigante vió que Celia no salía, entonces soltó a los chicos y fue en ayuda de la mujer, quien había perdido el sentido a causa del humo inhalado.

 

Cuando la sacaron, el techo de la carreta estaba ardiendo.

Al sentir el agua de la lluvia, Celia recuperó el conocimiento.  

 

-¡Bájame, bájame!.   ¡Mis niños!.   ¿Dónde están mis niños?.   ¿Están todos bien?.

 

-Niño bien, tu mal.   Humo dentro de ti.

 

-No Marcos, ya estoy bien.

 

Marcos la soltó y élla de inmediato reunió a sus hijos en derredor suyo como si fuera un rebaño.

 

Todos miraron cómo el carruaje era envuelto por las llamas.   El conductor había colgado el sable.   Entre el gigante y Francisco trataron de dar cristiana sepultura al infeliz cochero, la copiosa lluvia no se los permitió, tuvieron que dejarlo a flor de tierra y colocar sobre el inerte cuerpo unas rocas para terminar de cubrirlo.   Después de una plegaria el caballero se dirigió a su esposa, quien se mantenía ocupada tratando de distraer a los niños para que no se impresionaran con el macabro espectáculo que se mostraba ante éllos.

 

-No podemos quedarnos aquí.   Le dijo Francisco, élla preguntó:

 

-¿A dónde iremos?.

 

-No lo sé, debemos caminar, quedarnos parados puede ser peligroso.   No debemos aproximarnos a los árboles porque atraen los rayos.

 

-Amigo Fancico, Marco cargar a Mando, tu cargar a Lita y vamo siguendo camino.

 

-Es lo único que podemos hacer.   Paco y Ernestico caminarán con su madre.   Vamos no hay tiempo que perder, pongámonos en marcha.

 

El gigante arrancó del carruaje un candil que aún permanecía encendido y caminó por delante del grupo con un brazo en alto para iluminar el camino, con el otro brazo cargó a Mando quién de inmediato recostó la cabeza en el hombro del gigante y se hundió el sombrero hasta los ojos, para dormitar.

Celia se anudó la falda del vestido por debajo de las rodillas, para no arrastrarla y se apoyó en sus dos muchachos.   Paco estaba casi de la misma estatura que su madre, era muy alto para su edad.   Ernestico le llegaba al hombro, ambos mozalbetes estaban fortachones y la sostenían con firmeza para que no resbalara a causa del lodo.

 

Francisco, cargó a Lita en brazos cubriéndola con su levita y caminó cerca de sus hijos mayores y su esposa.

No habían andado mucho, cuando la luz de un relámpago permitió que Marcos divisara la abertura de una grieta en las faldas de un cerro.

 

-¡Una cueva!.   Seguirme, yo llevar a cueva, ahí todo estar seco.

 

-Marcos, ten cuidado, puede estar ocupada por algún animal.   Dijo Francisco y agregó:

 

-Entraremos tú y yo por delante, los niños y Celia que esperen afuera.

 

Cada uno depositó su carga en tierra al lado de Celia; élla, abrazó a los dos pequeños.   Lita y Armando rodearon la cintura de su madre con sus bracitos escondiendo la cara entre las ropas de la dama.

 

-Papá, Ernestico y yo queremos ir.

 

-No Paco, ustedes quédense aquí para cuidar de su madre y de sus hermanos.

 

Los hombres se apartaron del grupo subiendo una empinada cuesta para penetrar en la cueva, una vez dentro, Marcos levantó el farol para revisar el interior, Francisco empuñó el cuchillo que siempre llevaba al cinto.   Tras unos segundos, se escuchó un feroz rugido.   ¡El habitante de la cueva era un jaguar!.   Los hombres permanecieron inmóviles, el jaguar rugía cada vez más furioso.   Se aproximó lentamente a Francisco, se detuvo a dos metros frente a él.   Luego, volteó a mirar al gigante.   Parecía indeciso de atacar.   Los hombres no se movieron, de repente, el animal se replegó hacia atrás y en un movimiento rápido saltó ágilmente por encima de Francisco, alcanzando la salida antes de que éllos pudieran girar para verlo desaparecer en la obscuridad de la noche.

 

Afuera de la cueva, Celia y los niños, escucharon los rugidos de la fiera, los cinco se estremecieron, Ernestico y Paco muy en su papel de protectores se pararon delante de su madre y de los pequeños;   al cabo de unos segundos, pudieron ver una enorme sombra negra perderse en la espesa vegetación.

 

Los hombres salieron corriendo de la cueva, pensando que el animal podía atacar a los niños y a la mujer.   Bajaron la pendiente y todos se reunieron.

 

-Parece que el propietario de la cueva nos la ha cedido por esta noche.   Comentó el caballero.

 

-¿Crees que vuelva?.   Preguntó Celia bastante asustada.

 

-Pienso que no volverá, por lo menos por esta noche, estoy seguro que no lo hará.   Vamos, subamos la cuesta, nos estamos mojando.

 

-Papá.   ¿Está la cueva vacía?.   Preguntó Paco y antes que su padre respondiera Ernestico agregó:

 

-Puede haber murciélagos y víboras.

 

-Es posible que así sea muchachos, por eso debemos permanecer juntos.

 

-Marco hacer fuego y todo bien, Marco matar víbora, nadie tener medo.

 

-Gracias Marcos, contigo y con Francisco velando por nosotros estaremos todos bien, vamos hijos caminemos hacia la cueva.

 

Una vez dentro, Francisco y Marcos encendieron una gran fogata con unos troncos que encontraron en el interior, también usaron como combustible el escremento del jaguar.

 

-¡Mamá este lugar huele muy feo!.   Exclamó Lita queriendo marcharse.   Su madre la tomó firmemente de la mano y le dijo:

 

-No tenemos otro lugar donde pasar la noche.

 

-¿Quieres decir que dormiremos aquí?.

 

-Sí nenita, por esta noche nos quedaremos aquí, no podemos ir a otra parte, la tormenta nos lo impide.

 

-Mamá tengo hambre y frío.   Dijo la niña y Mando la secundó.

 

-Les quitaré la ropa mojada y nos arrimaremos al fuego para calentarnos.

 

-¿Si nos quitas la ropa, que nos pondremos?.

 

La mujer sonrió a la niña y principió a quitarle el vestido, mientras Paco hacía lo mismo con Mando.   Los niños se rebelaron porque no querían que los desnudaran.

 

-Si se dejan la ropa mojada, se enfermarán.   Les decía su madre, mas los pequeños seguían firmes en no dejarse desnudar.   Ernestico intervino en la discusión:

 

-Si obedecen, les doy un premio.

 

Todos voltearon a verlo.   Blandía en su mano derecha una enorme barra de chocolate.

 

A sus hermanitos les brillaron los ojos, tenían mucha hambre.   Armando se desvistió por sí solo y corrió a sentarse junto a la fogata esperando su premio.   Lita permanecía hipnotizada por el chocolate, su madre aprovechó la distracción para dejarla en bragas.   Luego la cargó y sentándose con élla junto al fuego, llamó a Ernestico:

 

-Trae acá ese premio, lo vamos a repartir.

 

Dividió la barra en cuatro partes iguales, le entregó un trozo a Mando, otro a Lita, otro a Paco y otro a Ernestico.   A élla no le sorprendió que el muchacho trajera con él esa golosina, sabía que su hijo era muy glotón, frecuentemente lo había reprendido por traer las bolsas de su chaqueta llenas de dulces.   Esta vez era una bendición la debilidad de Ernestico.

 

-¿Traes mas cucas?.

 

-No mamá, desgraciadamente esta vez no me pude proveer.   ¿Sabes una cosa?.   Intento obedecerte.

 

Su madre lo miró decepcionada y preocupada, porque los niños volverían a pedirle de comer y élla no tendría nada que darles.   Luego, se consoló pensando que Ernestico la había obedecido.

 

-¿Quieres la mitad de lo que me tocó?.   Se la ofreció Ernestico extendiéndo la mano con el trozo de chocolate.

 

-No hijito, cómetelo tú, yo estaré bien.

 

Mientras tanto, los dos hombres limpiaban el suelo de una parte de la cueva, quitánto piedras y suciedad para que pudieran dormir los niños y Celia.   Cuando estuvo listo, la mujer se instaló abrazando a Lita y a Mando. Ella también se había quitado el vestido mojado, permaneciendo con el corpiño y las enaguas.   Ernestico y Paco imitaron a su madre, se despojaron de la ropa mojada y luego se recostaron al lado de élla y de sus hermanitos.

 

Francisco se quedó sentado, velando el sueño de su familia, platicando de vez en cuando con el gigante para no dormirse.

 

-¿No has visto algún indicio de víboras?.

 

-No amigo Fancico, no víbora aquí.

 

-¿Estoy muy preocupado, no tengo la menor idea de donde estamos y no conozco que peligros nos pueden estar asechando.

 

-Ete lugar parecer la terra mía, yo poder bucar camino pa volver a barco.

 

-Confío en tí, eres nuestra única posibilidad de sobrevivir.

 

Francisco comtempló a su esposa y a los niños, así dormida, en medio de sus hijos, se veía muy joven, no representaba su edad; Ernestico y Paco parecían más sus hermanos que sus hijos.   Ella dormía de lado, con el brazo sobre Lita, que se había acurrucado de frente a su madre, Mando estaba de espaldas a Lita.   Ernestico y Paco, se encontraban del lado contrario, dando la espalda a su mamá.

 

Poco antes del amanecer dejó de llover, Marcos y Francisco durmieron un par de horas alternándose.  El gigante despertó al caballero Mesa y le dijo:

 

-Amigo dar tu cuchillo, yo bucar comida.

 

-¿Por qué no esperas a que amanezca?.   ¿No es más fácil buscar a la luz del día?.

 

-No amigo Francico, yo ir y venir ante que amaneca, Marco traer comida pa todo.

 

-Bueno ten el cuchillo, tu sabes de esto más que yo.   Mantendré el fuego encendido para protegernos de las fieras.

 

El gigante emprendió su camino, el caballero de pie a la entrada de la cueva lo miró alejarse con cierta zozobra; cuando la colosal figura desapareció en la vegetación, Francisco volvió a montar guardia.

 

Los niños y su madre empezaron a despertar.

 

-Francisco.   ¿Pasaste la noche en vela?.

 

-Dormí un par de horas.

 

-¿Dónde está Marcos?.

 

-Fue a conseguir comida.   Espero que no le ocurra nada.

 

-No te preocupes querido, él está en su elemento.   ¿Estaremos muy lejos de alguna zona poblada?.

 

-No tengo la menor idea, el último pueblo que vimos quedó como a 6 horas del lugar del accidente.

 

-¿Qué vamos a hacer?.   Lita y Mando no podrán caminar tanto y para ustedes será muy cansado cargarlos.

 

-No podemos quedarnos aquí, tampoco quiero separarnos porque ese jaguar nos puede estar asechando.   Desandaremos el camino, por lógica nos llevará al último poblado que vimos.

 

Los niños escuchaban a sus padres con atención, ninguno se había incorporado, solamente Celia permanecía sentada entre ellos.

Lita fue la primera en hablar:

 

-Mamá, quiero ir al baño.

 

-Yo también.   Dijo Mando.

 

Celia sonrió y respondió:

 

-Tú, Ernestico y Paco, vayan allá por la entrada, yo iré con Lita detrás de aquellas rocas, hacia adentro de la cueva.

 

Así lo hicieron y cuando las dos habían terminado, escucharon un extraño ruido.   Ambas voltearon la cara hacia el lugar de donde provenía y gritaron al unísono al contemplar que habían hecho sobre un nido de víboras.

 

Al escuchar los gritos de su hija y de su mujer, el caballero acudió velozmente, saltando la roca que lo separaba de ambas.  En un instante, se encontró a su lado.   La luz del sol penetraba hasta el fondo de la cueva, a simple vista se podía ver el nido con dos pequeñas víboras y una más grande, seguramente sería la madre.

 

Francisco apartó a las dos y trató de calmarlas.   Una vez puestas a salvo se tranquilizaron.

 

-La próxima vez, tendrán que ir al mismo lugar todos y todas.

 

Celia asintió con la cabeza y sentándose en silencio, permaneció así hasta que el gigante regresó.

 

-Mamá, papá, allá viene Marcos, Ernestico y yo bajaremos para ayudarle a subir todo lo que ha traído.

 

Francisco, Celia, Lita y Mando, corrieron hacia la entrada a recibirlo.

El gigante había traído una penca de plátanos, una rata de campo, unas hierbas raras; también había recuperado de los restos del carruaje un rifle, el cubo con que daban de beber a los caballos y el pequeño cofre donde Celia guardaba entre otras cosas sus cepillos, peines y coloretes.

 

-¿Qué animal es ese?.   Preguntó Lita señalando al que traía Marcos.

 

-Es un “Tlacuache”, lo vamos a cocinar y ya verán qué rico sabe.   Dijo Francisco.

 

-Eso es una rata, aunque la quieras llamar de otra manera.   Protestó Celia.

 

-Papá, ¿tenemos que comer eso?.   Preguntó Mando haciendo gestos.

 

-El que quiera la comerá, el que no quiera que coma plátanos.

 

Todos se inclinaron por comer plátanos mientras Marcos y Francisco copinaban al Tlacuache para atravesarlo con una vara y ponerlo al fuego.

 

Mientras los hombres esperaban su asado, Celia peinaba a Lita, luego se peinó élla y por último se volvió a poner su vestido.   Marcos había traído agua límpia en el cubo así que el desayuno de los niños y de su madre se complementó con té.

 

Al cabo de un rato, la cueva se impregnó de un agradable olor.   Las hierbas sirvieron para condimentar el guiso.   Cuando estuvo listo el caballero dijo:

 

-¿De veras nadie quiere?.   ¡Huuuuuuuuuuuuuuuu, está exquisito!.

Dijo esto saboreando un bocado.   Ernestico se aproximó a su papá.

 

-¿De verdad está rico?.   ¿Me das un trocito para probarlo?.

 

-¡Claro que si hijo, come todo lo que quieras!.

 

Ernestico lo comió, al comprobar que su padre decía la verdad se sirvió un trozo bastante generoso.   Paco lo imitó y le ofreció a Mando quien comió con agrado lo que le diera su hermano.

 

Por último Lita se unió al grupo y también dio su aprobación al guiso de Marcos y su padre.

 

-Mujer, ¿no lo piensas probar?.   ¿Desprecias el arte culinario de tu esposo?.

 

-Lo cataré , porque tú y Marcos lo han hecho para nosotros, pero no porque se me apetezca.

 

Lo comió y al igual que todos reconoció que sabía rico.

 

Cuando terminaron de comer emprendieron la marcha volviendo sobre sus pasos.   Celia decidió no ponerle el vestido a Lita, la dejó en bragas y con el corpiño para que fuera más ligera y se cansara menos.

 

 

 

 

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