LIBRO II.
Escrito por: Irma Gpe. Vela Meza.
Julio 2004
CAPÍTULO IX.
UNA MUJER VALIENTE.
Cuando entraban a la ciudad por la puerta de tierra
eran casi las once y media de la noche.
Se encaminaron hacia la posada donde habían dejado parte de sus
posesiones porque ahí los estarían aguardando sus hijos en compañía de su tío
Porfirio.
A la entrada del edificio se detuvieron mientras
Francisco pagaba los servicios del guía.
Apenas cruzaban la puerta cuando el dueño del lugar salió a su
encuentro:
-¡Señor y señora Mesa! ¡Que bueno que han regresado! ¡Su hija ha sido mordida por una víbora, el
médico acaba de irse, ya la atendió, dice que está fuera de peligro, mi mujer se
encuentra con la niña en la habitación principal que ustedes ocupan!.
-¡Te
lo dije! ¡Algo en mi interior me decía
que los chicos nos necesitaban!.
-Cálmate
mujer, ahora mismo vamos al lado de Lita y sus hermanos.
Lita se encontraba acostada en la cama de sus padres,
la esposa del dueño de la posada doña Mari [que así se llamaba la señora ] la
mantenía bien abrigada para combatir la calentura. Porfirio se hallaba en un sillón al pie de
la cama consternado por no haber cuidado bien de su ahijada. Paco, Mando y Ernestico, permanecían
sentados en el suelo cerca de la puerta de la terraza, de vez en cuando
hablaban entre ellos en voz muy baja.
De repente, se abrió la puerta de la habitación y los
Mesa como un tornado irrumpieron en ella, seguidos por Marcos.
Francisco condujo a su esposa hacia el lecho de la
niña, doña Mari se apartó para que Celia tomara su lugar.
-Lita, nena, nenita; aquí estoy,
ya está aquí tu madre para cuidarte.
-Mamá
que bueno que veniste, me siento muy mal.
-Tranquilízate
hijita, mamá te va a cuidar y pronto
estarás bien, vamos a quitarte estas cobijas y ponerte unos lienzos de agua
fresca en la cabecita y el vientre para refrescarte.
Contradiciendo las indicaciones del médico, Celia hizo
lo que por experiencia propia, sabía que servía para bajar la calentura.
De inmediato pidió una palangana con agua y doña Mari
la hizo traer.
Francisco la ubicó para que supiera dónde estaba la
palangana, dejando que mojara y exprimiera los paños para cambiárselos a la
niña. Doña Mari viendo que no era
necesaria se despidió. Todos le
agradecieron sus atenciones y salió satisfecha de haber cumplido con una buena
acción. Cuando la señora se fue, Mando
dijo:
-Papá, mamá, a Lita la mordió una
víbora y mi tío le chupó el veneno, el médico dijo que él le había salvado la
vida.
-Gracias
Porfirio. Dijo Francisco y Celia
también le reiteró su gratitud.
-Perdónenme
amigos, no sé como pudo ocurrir, sólo me distraje por un momento; les he
quedado mal.
-No
te preocupes Porfirio, ha sido un accidente desafortunado; gracias a Dios que
reaccionaste a tiempo y le extrajiste todo el veneno.
-Francisco
tiene razón, no te preocupes ni te culpes, para nuestra dicha Lita está fuera
de peligro. Pero… ¿A qué se debe esta calentura?. ¿Qué te dijo el médico?.
-Dijo
que posiblemente fue ocasionada por el susto, además de que la niña cuando le subió la calentura
deliró y te llamaba incesantemente, el médico piensa que estaba asustada y se
sentía sola.
Celia buscó a tientas la carita de su hija, al
encontrarla se inclinó sobre ella para besarla y decirle con voz muy dulce:
-No te apures mi nena, mamá se va
a quedar junto a ti hasta que te sientas bien.
-¿Y
después, te irás de nuevo a buscar al señor Choxtil?.
-No
Lita, niños, pongan todos atención. Vengan aquí junto a mí, tu también
Francisco, acércate por favor.
Paco, Ernestico y Mando, se pararon frente a élla
mientras que su esposo tomaba asiento en el lecho a su lado y le ponía uno de
sus brazos sobre el hombro.
-Querida aquí está reunido el tlán
Mesa. ¿Qué nos quieres decir?.
-Hijos,
no llegamos a Bécal, retornamos antes.
Papá y yo hemos decidido que nuestras vacaciones no se convertirán en
una peregrinación en busca de ningún hierbero, hemos perdido más de un mes
entre médicos y curandero. Cuando
tengamos oportunidad veremos qué se puede hacer por mis ojos.
-Entonces…
¿Te vas a quedar para siempre así?.
-Paco,
los médicos que me reconocieron dijeron que se me podía intervenir, que era una
cirugía muy difícil, en la cuál corría el riesgo de quedar completamente
ciega. Por lo menos ahora distingo
entre la luz y la obscuridad. No me
pienso exponer a una intervención en la que sólo hay el uno pormil de
posibilidad de éxito.
-Mamá
el otro médico te mandó con ese curandero.
¿Por qué no lo quieres buscar?.
-Ay
Ernestico, no podemos recorrer todo México en busca de una quimera.
-¿Qué
es una quimera mamá?.
-Mando
una quimera es una ilusión, es algo que puede ser irreal.
-Mamá
Juan Choxtil existe, mucha gente lo ha visto.
-Mando,
existe, es un hombre, mas eso no garantiza que me pueda curar.
Vamos a continuar nuestras vacaciones como estaban
planeadas, regresaremos a Yucatán para que suban con su padre a la pirámide de
Kukulcán en Chichén Itzá, después iremos a Chiapas, Tabasco, por último a Veracruz. Ahí abordaremos el “San Fernando” y
volveremos a Cuba. Si Juan Choxtil me
quiere curar que me busque en cualquiera de estos sitios.
-¿No te preocupa estar así?.
-Paco,
hijito, claro que sí me preocupa y sé que todos ustedes también se sienten
tristes por mí, solo que debemos pensar que la vida sigue su curso y que
nosotros de una forma u otra seguiremos adelante poniéndonos en manos del
Señor, tratando de ser felices aún con nuestras limitaciones; porque todos de
alguna manera las tenemos.
-Bueno
chicos, ya escucharon a su madre; ahora vayan a dormir, casi es media noche,
debemos descansar porque mañana será un día muy activo. Den las buenas noches y
reciban nuestra bendición.
-Papá,
¿tu vas a dormir conmigo?.
-Mando,
no había pensado en eso, creo que Lita tendrá que ocupar nuevamente mi lugar en
esta cama.
-Papá
nó puedes dejar a Lita y a mi mamá solas, si necesitan algo ¿Qué van a hacer?.
-Paco
tu madre es una mujer inteligente, sabrá arreglárselas sola, si no lo puede
hacer que me llame y asunto resuelto.
-Hijo,
no te preocupes más de la cuenta, como dice tu padre, ya me las arreglaré. Conozco este cuarto a la perfección; ve a
descansar mañana seguiremos hablando si así lo quieres.
Marcos, Porfirio, muchas gracias por todo; que tengan ustedes
buenas noches.
El gigante y el caballero [ que habían permanecido
junto a la familia] dieron las buenas noches y se despidieron.
-¡Que
mujer! ¡Que mujer!. Pensaba Porfirio mientras se retiraba
admirándola aún más.
-Señoita
tener razón, brujo si querer, curar donde ella estar. Les dijo Marcos antes de despedirse.
Cuando todos ya se habían retirado Francisco le dijo:
-Como tuve que buscar mi pijama,
aproveché de buscar la tuya, aquí la tienes.
-Gracias
amor me ahorraste la tarea de hacerlo.
-¿Quieres
que te ayude a escoger tu ropa para mañana antes de irme con Mando?.
-¿En
verdad lo harías? ¿Qué vestido escogerías para mí?.
-El
otro vestido típico, el rojo, tiene adornos
amarillos en el cuello y una cenefa en la falda. Nada más de imaginarme la joya en tal
estuche, ya la estoy codiciando.
-¿No
te da miedo de que te la puedan robar?.
-Sé
guardarme muy bien de los ladrones, por si fuera poco esa joya tiene un hechizo
y jamás me la podrán robar.
La besó apasionadamente y le empezó a hurgar en otras
partes íntimas, élla lo detuvo:
-No Francisco, recuerda que está
la niña con nosotros.
-Está
dormida.
-Se
puede despertar, se buen chico y vete con Mando ya tendremos tiempo para
nosotros.
El caballero Mesa salió refunfuñando, todavía en la
puerta hizo un nuevo intento, lo volvió a detener y lo sacó con suaves
empujoncitos del cuarto.
Celia pasó el resto de la noche en vela, checando al
tacto la temperatura de Lita, cuando la sentía caliente volvía con las
aplicaciones de compresas de agua fresca.
Como a las cinco de la madrugada se quedó
profundamente dormida vencida por la fatiga.
Afortunadamente la calentura había desaparecido y la niña dormía
serenamente.
A eso de las siete Francisco volvió para bañarse y
vestirse. Llamó a la puerta y al no
obtener respuesta, supuso que estaban dormidas, como la puerta no estaba
atrancada por dentro, él pudo abrirla fácilmente.
Se acercó a la cama y sentándose en el borde le dijo:
-Despierta chica, ya
amaneció. ¿Cómo ha pasado Lita la
noche?.
-Está
mejor, me quedé dormida porque la calentura desapareció.
-¿Quieres
bañarte? La niña está dormida, puedes
aprovechar para hacerlo.
-¿Qué
hora es?.
-Faltan
diez minutos para las siete.
-Me
siento como si no hubiese dormido nada, creo que un baño me despejará.
-No
te levantes, voy a llenar la tina, cuando esté lista te aviso.
-¡Chico!. ¿Te piensas convertir en mi doncella?. Para eso están las muchachas de la posada.
-Oye,
quiero hacerlo, déjate consentir. A lo
mejor si lo hago bien me darás una buena propina.
-Está
bien, hazlo; si lo haces mal te
despediré y buscaré otra fámula.
Él le dio un beso en la frente y puso manos a la obra.
Cuando la bañera estuvo lista volvió por élla y
levantándola en brazos la transportó al cuarto de baño. Atrancó la puerta por dentro y le dijo:
-Es servicio completo, te voy a
bañar.
-No
chico que yo lo puedo hacer sola.
-Eso
ya lo sé, tú te puedes bañar sola, pero entre dos es más divertido. ¿No quieres que te enjabone la espalda?.
-¿Nada
más la espalda? ¿Ninguna otra parte del
cuerpo?.
-Mi
tarifa sube de la cintura para abajo.
-¿Me
haces un descuentico si yo también te enjabono la espalda?.
-Lo
voy a pensar, si lo haces bien tal vez no te cobre nada.
Ambos rieron mientras se despojaban mutuamente de sus
ropas.
Cuando terminaron salieron del cuarto de baño
impecablemente vestidos; Celia por costumbre fue a sentarse frente al espejo
para peinarse, a él le sorprendió la naturalidad con que se había desplazado
por sí sola hacia ese lugar.
-Te estás acostumbrando a tu
ceguera.
-No
tengo más remedio, me ayuda que por las mañanas cuando estoy a la sombra veo
mejor que en el sol y que en las noches.
También me muevo con mayor seguridad aquí porque ya conocía este cuarto,
¿lo recuerdas?.
-Si
querida, hace diez años nos hospedamos en esta posada y no han cambiado nada.
-Ni
siquiera los muebles de lugar. Para mi
eso es ahora una ventaja.
-Si
aquí que no es nuestra casa te trasladas con tanta seguridad, también lo podrás
hacer en nuestro hogar.
Lita movió ligeramente la cama, entre despierta y
dormida llamó a su madre.
-Mamá, ¿Qué vamos a hacer hoy?.
-Nosotras
nos quedaremos aquí, estás convaleciente y no creo prudente que te levantes,
por lo menos durante éste día deberás reposar.
-Estoy
de acuerdo con tu madre, las dos se quedarán aquí, le diré a doña Mari que esté
al pendiente por si se les ofrece algo.
-¿A
dónde irán tú y mis hermanos?.
-Recorreremos
la ciudad, probablemente visitemos los fuertes.
-No
te desanimes hijita, mañana nos uniremos al grupo para seguir disfrutando de
nuestras vacaciones.
La niña se resignó a perder su paseo con tal de
recuperar por completo la salud. Doña
Mari quiso atenderlas personalmente, prescindiendo de las camareras, se
presentó en el cuarto llevando una bandeja con el desayuno. Acondicionó una mesita, les sirvió los
alimentos, la mamá y la niña, se sentaron a comer mientras los chicos y su
padre se despedían de éllas.
En el vestíbulo de la posada se reunieron con Porfirio
y Marcos para ir a desayunar y planear el recorrido del día.
-¿Cómo amaneció mi ahijada?.
-Gracias
a los cuidados de su madre se encuentra mejor, seguramente mañana Celia y Lita
se nos unirán nuevamente.
Porfirio hubiera querido verlas antes de partir,
consideró que no era prudente, tendría oportunidad de saludarlas por la tarde o
noche.
Mientras iban de camino a la fonda de doña Tula,
Francisco dijo:
-Veamos hijos, podemos ir a
recorrer tres bastiones el de San Carlos, el de Santiago o el de la
Soledad. Empezaremos por Santiago que es
el más cercano. ¿Les parece bien?.
-Claro
que sí papá, lo que tú digas. Respondió
Paco.
-Les
voy a relatar un suceso referente a uno de los callejones de esta ciudad. Dijo Porfirio.
-Miren
chicos, ¿ ven aquel pasadizo sombrío
bordeado de árboles?.
-Si
tío, ¿ que tiene de peculiar?. Dijo Ernestico.
-¿Ven
esa casa desvencijada?.
-¿Vive
alguien ahí?. Preguntó Mando.
-Hará
cosa de unos tres años vivía un tísico.
-¿Nos
contarás algo relacionado con él?.
-Así
es Paco, les narraré un acontecimiento ocurrido apenas hará cinco años.
Resulta que en cierta ocasión, un joven muy
pendenciero volvía a casa después de una amena plática con sus compañeros de la
tertulia nocturna. Se internó en el callejón y, encontrándose casi a mitad del
camino, pudo ver una figura que se apoyaba en el tronco de uno de los árboles.
Le sobrevino un ligero sobresalto, pero
inmediatamente se recuperó y murmuró para sus adentros: -¿Con que me
quieres asaltar, ¡Ahora verás!-. Se dirigió resueltamente hacia el sujeto con
la intención de acometerlo a golpes. Se
encontraba a unos metros del personaje cuando de pronto,
un inesperado resplandor le permitió mirar un ser
espantoso que reía diabólicamente
-Tío, ¿que hizo el joven?. Preguntó Mando sobrecogido de miedo.
-El noctámbulo sintió que la
tierra se hundía bajo sus pies; lanzó un grito de terror y espoleado por su instinto de conservación, en
lugar de desmayarse, le metió miedo al susto, corriendo como un gamo y logrando
así evadirse de una segura desgracia.
-¿Lobró
salvarse?.
-Si
Ernestico, pero la noticia de que en el “Callejón de Marras” se aparecía el
demonio, se esparció entre la población y a consecuencia del incidente ocurrido
al trasnochador de la historia, se difundieron los rumores de que otras
personas habían sido asustadas por el grotesco espectro.
Si el callejón
era poco transitado
en las noches, al verificarse que el diablo se había
establecido en él, nadie quería ni por equivocación usar este camino después de
ocultarse el sol.
-¿Qué pasó entonces?.
-Paco,
como sucede siempre que se trata de las calamidades públicas, alguien ducho en
cuestiones diabólicas, aconsejó que para evitar que el diablo se posecionara
del callejón y posteriormente de la ciudad, se depositaran diariamente bajo el
árbol infernal
algunas ofrendas, de preferencia joyas y monedas de
oro; así se hizo. Lo curioso del asunto fue que los supersticiosos que todas
las mañanas iban a dejar
obsequios al espeluznante engendro, observaban que los
del día anterior se habían esfumado, lo que les afirmaba en su convicción de
que el diablo se complacía con los regalos que el pueblo le brindaba y que no
les haría ningún daño.
-¡Jajajajajajajajajajajajajaja!. Me imagino que el diablo se hizo muy rico.
-Así
fue Francisco, hasta que el misterio llegó a oídos de unos audaces aventureros,
que se atrevieron a desafiar al demonio y resolver el misterio del callejón.
Reunidos para llevar a efecto su plan se decían: -¿Crees
que podamos hacer algo? - preguntó el primero; -Sospecho que sí-, afirmó el interpelado.
-Dinos, ¿que hicieron los
hombres?. Apremió Ernestico con mucha
curiosidad.
-Esa
vez, al filo de la medianoche, dos sombras penetraron resueltamente en el
pavoroso callejón, como era de esperarse, el presunto diablo esperaba
pacientemente
apoyado en su árbol para infundir el terror del más
allá al ingenuo caminante del más acá. Se preparaba la infernal criatura para
arremeter contra sus nuevas víctimas, cuando súbitamente, a la luz de una
antorcha nacida de la nada, vio emerger la imagen peluda, armada de negros
cuernos y larga cola, del auténtico Satanás. No se reponía todavía de la
sorpresa cuando
experimentó en las posaderas la mordedura de un fuego
que le quemaba las entrañas, y que no era más que un tizón al rojo vivo que
diestramente acababa
de aplicarle en esa región uno de los nuevos demonios;
pues ya supondrán que los aventureros eran los autores del contraataque
diabluno. Presa de un pánico indescriptible, el falso demonio sólo atinó a
decir: -¡Jesús, el diablo quiere llevarme! -; y, profiriendo aullidos
demoníacos, emprendió velocísima carrera.
Todos rieron y Porfirio terminó de esta manera su
relato:
-A
la noche siguiente, los hombres permanecieron en el callejón, y, aunque
montaron guardia hasta el alba, el diablo no apareció por ningún lado. Sin
embargo,
al poco tiempo de la vergonzosa retirada del
adversario, se supo que un prominente personaje de la localidad se debatía
entre la vida y la muerte a causa de una extraña y repentina enfermedad que, en
forma de llaga, se le manifestó en las nalgas, aparentemente producida por una
quemadura profunda.
El individuo sanó porque, según opinión de la
mayoría, se arrepintió de sus culpas y
donó a una institución para pobres un lote de joyas, entre las cuales, muchos
creyeron identificar las que ofrecieron al diablo
junto al árbol.
-¡Ja ja ja ja ja ja ja ja!. ¡Era un bribón que engañó a toda la ciudad!.
-Así es Mando.
-¿Qué
pasó con él? Preguntó Ernestico.
-Dos
años después de lo ocurrido murió tísico en la casona abandonada que pueden
ver.
Por lo cual, es que a este paseo se le llama “Callejón
del Diablo”.
Después del desayuno, cuando iban de camino a la
fortaleza de Santiago, volvieron a pasar por el callejón del diablo. Paco observó detenidamente la casucha vieja
notando que en su interior había un hombre.
-¡Miren, miren!.
Ese hombre. ¡Es Rubén!.
-Papá,Paco
tiene razón, es él. Dijo Ernestico.
-Debemos
averiguar que está haciendo y apresarlo para entregarlo a las autoridades.
-Tienes
razón Francisco, que los chicos se escondan tras los árboles mientras Marcos,
tú y yo entramos a la casa.
-Entraremos
Marcos y yo, tú mejor vete por la parte de atrás por si trata de escapar.
La casa era una construcción vieja, de un solo nivel,
tenía un monte al frente que seguramente en otros tiempos fue un jardín bien
cuidado, ahora estaba cubierto por maleza y malas hierbas; la barda del
“jardín” tenía unos ochenta centímetros de alto, la reja de la entrada estaba
rota y colgaba abierta apenas sostenida por una bisagra.
De las cinco ventanas que daban a la calle, cuatro
estaban tapiadas, una se encontraba entreabierta, por eso Paco pudo percatarse
de la presencia de Rubén en aquel lugar.
Marcos se paró frente a la puerta, con su enorme pie,
de una sola patada la abrió. Con gran
precaución entraron, no sabían si Rubén estaba solo, quizás estuviera
armado. Los dos amigos se encontraron
en las semipenumbras de una enorme estancia, apenas iluminada por una lámpara
de petróleo que descansaba sobre una polvorienta mesa. Recorrieron con la mirada
el lugar, advirtieron cinco petates, cinco sillas, varias cajas de madera y
restos de comida esparcida por el suelo, de la cual, se estaban dando un festín
numerosas ratas.
Marcos levantó una tranca del piso y empuñándola a
modo de garrote, dijo:
-Amigo, revisemos ete lugar, tú
llevar lámpara.
-Déjame
ir por delante, mientras avanzamos, mira a tus espaldas no sea que nos quieran
sorprender por detrás, por lo que se ve,
éllos son cinco.
Recorrieron toda la casa, no encontraron mas que un
gato negro que perseguía a una rata tan gorda, que casi no podía correr. En una habitación [ que posiblemente fue el
aposento del tísico ] observaron las manchas de los esputos sanguinolentos, que
aún se percibían en las paredes y el piso.
Al cerciorarse de que los hombres se habían escapado, llamaron a
Porfirio y a los chicos.
-Hijos, no entren, aguarden en la
puerta. Tú Porfirio, ayúdanos a revisar
que hay dentro de estas cajas.
Al ver el contenido de dichas cajas, el caballero Rojo
exclamó:
-¡Que barbaridad!.
¡Si no los detenemos, esos tipos son capaces de robarse las pirámides
piedra por piedra!.
-Porfirio, aquí hay un dineral en
piezas arqueológicas.
-Sí
Francisco, lo que no me explico es por dónde pudieron escapársenos.
-Amigo,
tú ver aquel rincón, tener tapa de pedra en piso, yo mover tapa, ser túnel.
Los caballeros inspeccionaron el sitio que el gigante
les señalaba.
-Porfirio, si los seguimos les
podemos dar alcance, no nos llevan mucha ventaja.
-¿Qué
hacemos con los niños?.
-Que
den aviso a la policía y luego que vayan a la posada para reunirse con su
madre.
Francisco les dio las indicaciones a sus hijos, luego
Marcos, Porfirio y él se introdugeron en el túnel para perseguir a los
maleantes.
Los niños se fueron en busca de un policía para presentar
la denuncia. Llegaron hasta el palacio
municipal sin encontrar a ninguno por su camino. Al ver a uno que estaba de guardia a la
entrada le informaron de lo ocurrido.
El hombre escuchó pacientemente la historia de los chicos. Cuando
hubieron contado todo les dijo sonriendo:
-Tienen mucha imaginación, será
mejor que regresen con sus padres, seguramente han de estar preocupados por
ustedes.
-Señor,
lo que le hemos dicho es verdad. ¿No
piensa hacer nada?.
-Vamos
niños déjense de bromas, retírense de aquí, no me hagan perder el tiempo.
-¿Por
qué no viene con nosotros al callejón del Diablo y revisa la casa?.
-Si
no dejan de molestar los encerraré hasta que localice a sus padres.
-Vámonos
Paco, está visto que jamás nos creerán.
-Ernestico
tiene razón Paco, hay que marcharnos antes de que nos metan a la cárcel.
-No
se asusten, somos menores de edad y no lo pueden hacer.
-¿Quieres
comprobarlo?.
-No
señor, muchas gracias ya nos vamos.
Diciendo esto, Ernestico tomó a Mando de la mano y se retiró seguido por
Paco.
-Ahora
¿ que haremos?.
-No
lo sé Ernestico, busquemos otro policía, tal vez nos crea.
-Está
bien Paco, hagámoslo.
Hablaron con otros dos que tampoco les hicieron caso.
-Paco,
Ernestico… ¿Por qué no vamos a la posada y le decimos a mamá lo que sucede?.
-Tiene
razón Mando, a mamá si le harán caso. Ándale Paco vamos.
Los niños se encaminaron hacia la posada.
Celia se encontraba en la terraza de la habitación en
compañía de Lita y de doña Mari, quien le contó que su suegra había perdido la
vista desde que tenía siete años de edad y que había aprendido, entre muchas
otras cosas, a tejer en un bastidor de madera.
Doña Mari era unos cuantos años mayor que Celia, desde el principio
habían simpatizado, el campechano carácter de la mujer la hacía muy
agradable. Ella le estaba mostrando el
bastidor y la enseñaba como utilizarlo.
El artefacto poseía alrededor unas pijas en donde se tensaban varias
líneas de hilo entrecruzado. Después se
amarraban los cruces, se intercalaban entre los espacios otros hilos de
diferente color, se sacaba el tejido del
bastidor y se remataba la orilla con flequillos. Este tipo de tejidos se usaban para chales,
colchas, cojines, etc.
Las damas se hallaban muy entretenidas cuando llamaron
a la puerta.
-¿Quién puede ser?. Dijo Celia.
-Ahora
mismo lo sabremos. Respondió doña Mari
mientras se dirigía hacia la puerta.
Cuando abrió se sorprendió al ver que se trataba de
los niños, que venían solos, que tenían sus caritas angustiadas. Ellos saludaron rápidamente, luego fueron
hasta donde se encontraba su madre; Paco sin preámbulos le comunicó lo que
ocurría:
-¡Que
calamidad!. ¿Cómo han sido tan
imprudentes?. ¿Para que seguir a esos
hombres?. Pueden tenderles una trampa,
lastimarlos y Dios no lo quiera hasta matarlos.
Como doña Mari escuchó lo referido intervino.
-Tranquilícese doña Celia, la
acompañaré al palacio Municipal,
hablará con el gobernador. Él dará la
orden para que el ejército y la policía se movilicen y busquen a don Francisco
y sus amigos, también para que atrapen a los forajidos.
Acompañada por doña Mari y por Paco, la dama encaminó
sus pasos hacia dicho lugar. Al cruzar
la puerta principal del inmueble, el policía reconoció de inmediato a Paco.
-Muchacho, ¿que haces de nuevo
aquí?.
Celia muy disgustada respondió por su hijo.
-Viene conmigo, queremos ver al
gobernador.
Con el cabello castaño claro alzado al derredor de la
cabeza en una trenza, los ojos aceitunados, la piel tersa y rosa, los labios
rojos como la grana, la esbelta y altiva figura, el hipil rojo; parecía una
exótica belleza Maya. El guardia quedó
boquiabierto al contemplarla.
-¿ A quién tengo el honor de
anunciar?.
-a
la señora Celia Monteagudo de Mesa, esposa de el empresario Francisco Mesa
Rodríguez.
-Perdone
usted, yo no sabía que eran sus hijos.
Haga el favor de pasar por aquí, los escoltaré hasta el escritorio del
secretario particular, él les dará la audiencia con el gobernador.
La dama caminaba entre doña Mari y Paco, con una mano
levantaba la falda del hipil, con la otra se apoyaba en el brazo de su hijo.
El guardia le díjo al secretario de quién se trataba,
rápidamente el secretario saludó e hizo una reverencia, se introdujo en el
privado del gobernador, el cuál salió a recibir personalmente a la dama, para
invitarla a pasar a su oficina privada ante los asombrados ojos de los que
estaban aguardando en la sala común una audiencia.
-Estimada señora, ¿a qué debo este honor?.
Celia le explicó al gobernador lo ocurrido.
-Señora, daré la orden para que lo
más pronto posible se inicie la búsqueda.
Le prometo que haremos todo lo que esté en nuestras manos para localizar
a su esposo y los amigos que le acompañan.
-Confío
que los encuentren sanos y salvos, me hospedo en la posada “Campeche Lindo”,
por favor hágame saber cualquier noticia.
Se despidieron cordialmente y Celia retornó a la
posada.
Tanto Francisco como Porfirio, eran personajes
públicos de reconocido prestigio empresarial debido a la naviera y a que
sostenían múltiples casas para huérfanos y ancianos. No solamente el gobernador de Campeche los
tenía en alta estima, los de Mérida, Payo Obispo, Tabasco y Veracruz también
los contaban entre sus amigos.
La policía y el ejército inspeccionaron la casucha del
callejón del diablo, recuperaron las cajas que contenían las piezas
arqueológicas, treinta hombres armados y provistos de lámparas y otros
accesorios, penetraron al túnel.
SECCIONES DE AYUDA